Populismo: los extremos se juntan

Populismo: los extremos se juntan

Foto: Internet

29-05-2017

 

México fue el primer país latinoamericano donde se estableció un régimen populista. La  hegemonía estatal sobre la economía y la subordinación de la clase obrera y el campesinado al partido oficial cumplía con el perfil populista del nuevo régimen. El populismo en América Latina promueve regímenes políticos autoritarios que se mantiene en el poder utilizando al Estado como instrumento de control de factores económicos, para la modulación del reparto de la riqueza, administrando políticas asistenciales que le permite justificar su reproducción en el poder y subordinando las masas populares a sus mandatos políticos. El sistema político mexicano, aún con rasgos populistas hoy, expresa una contradicción aparentemente insalvable: aplica políticas económicas de corte liberal, mientras controla a franjas importantes de la sociedad a través de un asistencialismo condicionado. Ese modelo populista de gestión del poder político contagió a todos los partidos, sin reparar en su origen ideológico (por igual, nacionalistas revolucionarios que socialistas o democratacristianos).

A pesar de que el populismo se expresa en países industrializados y otros menos desarrollados, en cada sociedad su efecto difiere en función de los conflictos existentes entre las clases sociales.

Tanto el Brexit del Reino Unido, como el Frente Nacional en Francia, tienen similitudes ideológicas con el trumpismo-republicano estadounidense, y se identifican con las derechas. Se basan en proteccionismo y nacionalismo económico, guiado por la idea potente, pero equivocada, de que es posible regresar a los “buenos tiempos” cuando había prosperidad y empleos para todos los originarios. Según ésta idea, esos buenos tiempos habrían tenido una característica en común: no existía la invasión de extranjeros en sus territorios nacionales que competían por los empleos de los locales, dispuestos a aceptar salarios bajos por igual trabajo. La invasión de inmigrantes confirmaría, al parecer, la tesis marxista sobre el papel económico del ejército industrial de reserva: la competencia por los empleos hace las veces de depresor de los salarios. Por ello, el reclamo contra los extranjeros en esos países tiene, aparentemente, una base real: los salarios están siendo presionados a la baja. Esta situación fomenta la percepción de que todo lo ajeno-nacionalidades, idiomas, costumbres, religiones, prácticas sexuales-son un peligro para la sociedad y para sus tradiciones. Esto define la xenofobia que expresan en miedo y racismo. El populismo de las sociedades desarrolladas promueve el voto por la exclusión y aislamiento, generando empatía por proteccionismo y anticuado nacionalismo económico.

En contraste, en América Latina el populismo se asocia con las izquierdas. Aquí se apodera del aparato estatal para transformarlo en el mecanismo para captar el excedente económico vía políticas fiscales y expropiaciones. Ese excedente, en manos del Estado, servirá para cooptar a las masas populares, proclamando un “nuevo modelo económico”. Para perpetuarse en el poder, el populismo siempre debe identificar un enemigo exterior-el mundo industrializado, por ejemplo-para polarizar internamente contra los agentes del mal, personificados en medios de comunicación y los dueños del poder. Identificar objetos de odio permite justificar el proteccionismo nacionalista que precede las expropiaciones de unidades productivas, paso previo al capitalismo de Estado autoritario que reprime voces de oposición a su proyecto.

Los populismos de derechas y de izquierdas son extremos opuestos que se juntan con ofertas parecidas: nacionalismo económico, supremacía cultural, exclusión de lo foráneo, credos sociales conservadores y control político de la sociedad basado en el autoritarismo, el odio y represión a la oposición.

@rpascoep

 

En el filo

Ricardo Pascoe