La encrucijada del PRD

La encrucijada del PRD

Foto: Internet

27-03-2017

Ciertamente el PRD da la impresión de ser un partido deshilvanándose internamente a una velocidad sorprendente. Se escuchan varios de sus líderes explicar convincentemente de cómo llegaron al punto de preocuparse más por ganar los pleitos internos que ganarse el consenso con la población general del país. También urgen acerca de cómo hay que priorizar la unidad y los acuerdos generales por encima de las líneas políticas internas de las tribus.

Con tanta lucidez e inteligencia, ¿cómo explicar la incapacidad para instrumentar caminos de solución y recuperación de su partido y su proyecto? Para quienes participamos en la fundación y los primeros años de ese partido, las explicaciones vienen de muy lejos, y de ninguna manera empezaron hace poco tiempo. Los problemas actuales de descrédito social del PRD son sólo síntomas de problemas mucho más viejos de la conformación del partido único de izquierda en México.

El PRD se conformó inicialmente como un partido en contra de un hecho, no a favor de un proyecto. El cemento de la unión fue la percepción del fraude contra Cárdenas en 1988, no a favor de una plataforma para el país. En realidad, las diferencias programáticas internas eran muy profundas, pero éstas se soslayaron en aras de protestar contra el fraude y el régimen priista.  Todas las diferencias se cobijaron bajo el amplio manto de la “revolución democrática”. Pero para unos la revolución implicaba volver a la senda de la revolución mexicana de Lázaro Cárdenas, mientras para otros era una transformación institucional democrática dentro del marco legal vigente, y para otros tantos la revolución debía ser socialista. Cada opción traía bajo el brazo un modelo económico distinto y una oferta de acción política que respondía a su visión y propuesta.

El PRD se conformó, desde el punto de vista de liderazgo, con un sistema de dos pistas. Una pista, la central, propuso un liderazgo moral e incuestionable unipersonal, como la figura que podría dirigir los destinos partidistas con un estilo distante y frio. Tomando decisiones buenas o malas, era incuestionable su liderazgo. Dos han sido esos líderes: Cárdenas y López Obrador, ambos provenientes del PRI con su tradición en la cultura y los quehaceres de la política. La otra pista, necesaria para consolidar la integración partidista, fueron los liderazgos menores de lo que hoy se conocen como sus tribus, lo cual permitió la creación de grupos sólidos y diferenciados con identidades e intereses particulares dentro de la conformación general del partido. En realidad, las tribus habían sido grupos políticos de la izquierda-de origen diversa-prexistentes al PRD. Simplemente se integraron al PRD, pero se negaron a desaparecer como cuerpos políticos y mantuvieron intactos sus líderes reconocidos y sus grupos sociales de apoyo.  

En el amplio arco de tiempo, los dos líderes morales fueron desplazados por los líderes de las tribus. Cárdenas dejó el PRD y hoy se expresa políticamente como independiente aunque ligado al gobierno de la Ciudad de México, mientras López Obrador, fastidiado por las tribus dentro del PRD, formó su propio partido, para así lograr ser el líder único de la formación, sin competencias internas.

Hoy el PRD pertenece a los líderes de sus tribus, y carece del líder moral. También carece de una propuesta para México, fuera de lo que rutinariamente propone la izquierda sin ideas, pero con muchos intereses materiales.

@rpascoep

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Ricardo Pascoe