7-0

7-0

Foto: Internet

20-06-2016

¿Qué dice ese resultado de nosotros, como país, como cultura, como historia? ¿Cómo debemos entender nuestros fracasos, simulaciones, engaños?

Soy un enterado medio de la cuestión deportiva. Puedo ver finales, sorprendido a veces por quienes juega, y tener un favorito un poco por el color de su camiseta y otro poco por lo que mi entorno me dice.  Sin embargo, me entero de las discusiones y debates previos. Hay pocos deportistas que algo interesante que decir. Y, quizá precisamente por eso, son fieles representantes de todos nosotros.

Un día antes del partido Chile-México escuché una entrevista con el entrenador del Tri, Juan Carlos Osorio, que me dejó impactado. Ciertamente explicó su sistema de rotación de jugadores que ha sido criticado por algunos, y que continuará después porque Osorio va a seguir como director técnico de la selección. Pero me impresionaron dos cosas de él. Primero, que hablaba sin poder hilar frases completas ni ideas coherentes. Su incapacidad de comunicación verbal me parecía algo aterrador: ¿cómo se comunicaba con los jugadores, o consigo mismo, o sus hijos? Y, como consecuencia, su lenguaje inconsciente era de un hombre o aterrado o derrotado. No proyectaba la menor confianza, ni en los jugadores ni en sí mismo. En ese contexto, no fue ninguna sorpresa la derrota 7-0.

Pero lo que siguió fue igualmente impactante, aunque tampoco sorprendente. Como en México nadie renuncia, porque nadie resulta ser responsable de nada, Osorio esperó tranquilamente a que la autoridad lo ratificara en su puesto como “timonel” de la selección nacional. Me pareció muy parecido a lo que ocurrió después de las elecciones del 5 de junio.  Esa noche todos los candidatos se declararon ganadores, y todos los líderes de los partidos se declararon ganadores. En nuestra democracia ningún candidato que se respeta reconocer la derrota. En democracias sólidas y con gran respeto por las tradiciones, los líderes derrotados hubieran dimitido. Pero en México, no. Igual que Osorio, se aferran al poder, como es el caso de Beltrones.

Los pésimos resultados económicos y la fracasada política en el combate a la inseguridad, la violencia y la violación sistémica a los derechos humanos hubieran significado, en otras naciones, la renuncia de los secretarios de Hacienda y Gobernación, para empezar. Pero en México no es así. ¿Y qué se puede decir del combate a la corrupción? En este terreno, que alimenta consuetudinariamente las filas de la oposición, el oficialismo ha decidido, francamente, no hacer nada, no procesar a nadie, ni siquiera investigar a nadie.

Nos deben entristecer este retrato de país y su pobreza intelectual, social, política, cultural y deportiva. El país de súper ricos y extremos pobres es el que fomenta la creación de mitos como “El Tri” para sobrevivir, pasando la estafeta de un incompetente a otro, sin reparar en el hoyo que, pacientemente, se le está cavando a la nación entera. Las complicidades, la corrupción, aunado a una incompetencia yuppie de seres que viven en una realidad alterna de poder y dinero, acercan al país a un desastre que alimenta el milenarismo, militarismo y mesianismo en amplios sectores de la población.

Los jugadores del Tri entraron a la cancha con un mito de grandeza en la cabeza y salieron pareciendo a su país: con una crisis que hierve y, cuidado, que amenaza con desbordarse. Del tamaño de 7-0.

@rpascoep

 

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Ricardo Pascoe