Las orillamos a tener miedo

Las orillamos a tener miedo

Foto: Internet

13-02-2020

“El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del hombre a la mujer sin miedo”

Eduardo Galeano

Vivimos en un país violento. En México, prácticamente una generación completa no sabe lo que es viajar por la carretera tranquilamente, mucho menos regresar una noche a casa sin preocupación. El 2019 se convirtió en el año más violento con 35,588 homicidios dolosos en todo el país y no hay razones para pensar que este año pueda ser diferente.

Del total de las víctimas de homicidios y feminicidios en 2019, 3,825 fueron mujeres, es decir, el 11%. Este dato ha sido utilizado por muchos para defender sus prejuicios, argumentando que somos los hombres quienes padecemos mayor violencia. Sin embargo, son personas que vieron un numero sin relacionarlo con el contexto.   

Es cierto, la violencia es generalizada para todos quienes habitamos en México. Todos somos víctimas de la violencia armada que afecta al país. No obstante, las mujeres en particular sufren otro tipo de violencia, una violencia sistemática que crece con el tiempo y que, de no distinguirla, muchos podemos ser cómplices sin darnos cuenta.

1 de cada 3 mujeres que fue víctima, fue asesinada en su vivienda, un lugar que debería ser seguro para ellas, mientras que en hombres la proporción es de 1 por cada 10. De los homicidios de mujeres registrados, hubo violencia familiar en el 57%, mientras que en hombres fue el 14%. Son proporciones que importan.

A esto debemos agregar que en casi todos los casos el agresor es un hombre. Probablemente esta cifra suena lógica, ya que, de acuerdo con el INEGI, el 85% de todos los delitos son cometidos por hombres. Sin embargo, en el caso de homicidios y feminicidios contra las mujeres, el perpetrador, además de ser hombre, resultó ser familiar o pareja sentimental de la víctima en más de la mitad de los casos. No están seguras ni con las personas que, lejos de lastimarlas, deberían brindarles confianza.

Tal vez con estos datos podamos entender el por qué las mujeres tienen una más alta percepción de inseguridad que los hombres. Tal vez también entendamos que, aunque digamos que no todos los hombres somos así, sí son los suficientes para que ellas tengan miedo.

Como sociedad, las hemos orillado a esta situación: a salir con miedo, a sentirse acosadas e inseguras.

Sumado a lo anterior, la impunidad resulta un incentivo perverso para los perpetradores. En un país donde mueren 10 mujeres al día y el 66.1% de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia, en el 99% de los casos no hubo denuncia o no se inició una carpeta de investigación.

El gobierno también tiene parte de culpa, pues incumple con la Ley General de Acceso de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, ya que menciona: “los tres ordenes de gobierno, […], tienen la obligación de organizar el aparato gubernamental de manera tal que sean capaces de asegurar, en el ejercicio de sus funciones, el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia”. Cumplir con estos objetivos debería ser una de las principales preocupaciones de este gobierno, aunque sea un problema heredado.

El pasado 9 de febrero asesinaron a Ingrid Escamilla. Un caso que puede ser uno más en la estadística o puede ser un punto de quiebre para dar un golpe de timón que tanto necesitamos. Hemos llegado a la distopia de normalizar estos casos. La violencia es creciente y, a pesar de eso, seguimos creyendo en que la probabilidad de que nos pase a nosotros o algún familiar es casi nula, hasta que pasa.

Es necesario poner atención a lo que está pasando. Hoy tenemos mejores herramientas y mejores datos para resolver problemas más complejos. El gobierno, y nosotros como sociedad, deberíamos estarnos preguntando, ¿qué debemos hacer para revertir esta situación?

Si queremos justicia para las víctimas, todos deberíamos dedicar nuestra atención y esfuerzos a resolver esta pregunta.

@ovalle_omar

 

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Omar Ovalle

Especialista en Economía y Finanzas