"Nadie sabrá nunca", el sueño de una vida distinta

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Nuestro espíritu se regocija y conmueve cuando descubrimos una buena película (más si es mexicana) como "Nadie sabrá nunca", de Jesús Torres Torres, un filme que nos conecta con nuestro pasado, con ese México profundo, como le decía el maestro Bonfil Batalla, esa nación rural-indígena de la que, nos guste o no, la neguemos o reconozcamos, descendemos, y de la cual hemos mamado gran parte de nuestra cultura.

La manera en que el director nos lleva por este viaje a un pueblo remoto de la geografía mexicana a finales de la década de 1970, es a través de la historia de Lucía (una estupenda Adriana Paz), esposa y madre de dos hijos que escucha radionovelas en un pequeño radio de transistores mientras lava la ropa, tiende la cama o se toma un descanso de las obligaciones de ser madre y esposa.

Braulio (Luciano Martí sorprendente) es el hijo mayor de esta familia y con apenas unos 10 años, asiste a la escuela instalada en la parte alta de la casa que también es la comisaría del pueblo y está embelesado con las películas de vaqueros que pasan en un televisor de blanco y negro que siempre tienen encendido la dueña de la tienda (Silvia Pasquel) a la que el niño acude por golosinas o los encargos de su madre.

 

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La pinza familiar se cierra con la presencia de Rigoberto (Jorge A. Jimenez cumplidor como hombre macho), el esposo de Lucia, un hombre taciturno que sólo sabe vivir como sus papás le enseñaron, como es la costumbre. De la misma forma que fue educada su hermana (una Arcelia Ramírez magistral), aunque con más malicia a la hora de interactuar con su cuñada, Lucia.

¿Por qué hicimos este retrato de familia? Porque son ellos, pero sobe todo a través de ellos que la película funciona. Lucia es una mujer adelantada a su época, ella siente una espinita, una luz, una voz que revolotea en su cabeza que le indica que su vida, tal como dicta la sociedad, no tiene por qué ser así; que puede aspirar a más y aunque tal vez caiga en la ilusión de que esa vida mejor o diferente la puede encontrar al salirse del pueblo e ir a la Ciudad de México, tiene la certeza de la esperanza de que, al menos, si no es toda su familia, su hijo pueda vivir de manera diferente. 

Todo esto en un país que le niega las oportunidades, sobre todo, a los más pobres, por eso, Lucía no dudará en sacrificar su amor de madre ante la posibilidad de que su hijo tenga una vida mejor, que es lo que los padres queremos para nuestros hijos al final de cuentas.

Ante el machismo y la cerrazón de su marido de no querer buscar oportunidades, más por miedo que por convicción, Lucía encuentra refugio en la fantasía de las radionovelas, que, además de una ilusión de mejorar su vida, le brindan los sueños de una manera diferente de amar, pues si algo tiene Lucía es mucho amor, para sus hijos y para su esposo, y aunque suene romántico, este anhelo tiene que ver más con su derecho a una sexualidad plena, algo de lo que no se hablaba en ese tiempo pero que Lucía logra transmitirnos con sus gestos, sus movimientos y sus palabras.

En la misma línea, Braulio, su hijo, también se refugia en la ficción, pero él en la de las películas de vaqueros en donde encuentra al padre que desearía tener. Sus sueños tienen que ver con vivir aventuras, con ser el héroe de la película, o al menos ser amigo del héroe, ese hombre que anda a caballo impartiendo justicia por la comarca. 

En la ficción encuentra la mano amiga y empatía de un mundo que su padre no comprende y que sólo puede compartir con su madre y ese es el secreto entre ella y su hijo; los dos se entienden en es lenguaje y son cómplices de ello. Una escena profundamente conmovedora es cuando Braulio saca a bailar a Lucia, después de que Rigoberto se niega a ir a una fiesta en el pueblo. Los dos unen sus soledades en ese acto simple y comulgan en un amor filial que quedará marcado en la mente y el corazón de ambos.

Así se presenta el machismo en esta película, el de una violencia psicológica y el de una ausencia emocional por parte del padre. Para ponerle sal a la herida, y contraponer la mirada femenina de Lucia, Jesús Torres nos presenta el personaje que interpreta Arcelia Ramírez, la tía de Braulio, una mujer que fomenta y perpetúa ese machismo que se vive en el pueblo, y que se conforma con el estado de cosas, pues como muchas mujeres del país en la actualidad, siguen manejando esos discursos de género que afectan a las mujeres, esos que, por ejemplo, dicen que al hombre (padre, esposo, hijo, hermano) se le debe de atender, se le debe de procurar, se le debe gratitud porque él es el jefe de la casa o porque tiene otras labores que realizar como la de proveer a la familia.

Al mismo tiempo, nos damos cuenta de que el machismo no sólo afecta a la mujeres, sino también a los hombres, pues si miramos con detalle, entendemos que el miedo de Rigoberto es porque él también se siente atrapado, se siente frustrado al no ver cumplidos sus sueños, pero no tiene la forma de sacarlo y no tiene la ficción como un escape a su infortunio.

Para resaltar esta ilusión en la que deambulan los personajes, el director enmarca su historia en una época donde otra gran mentira se inoculaba en toda la nación, la del progreso que prometía el presidente José López Portillo, por eso escuchamos en la radio las "buenas" noticias del gobierno. Por eso el abuelo de Braulio y padre de Lucía (Manuel Ojeda) se traga el cuento, como se traga el alcohol que se halla, de que ahora sí este país prosperará. Algo simbólico porque, si alguien jamás ha visto los beneficios de un supuesto progreso, trátese del gobierno que sea, son los pobres de esos pueblos alejados de las urbes.

"Nadie sabrá nunca" es un filme de actualidad, tanto en el caso del machismo que ejercen hombres y mujeres y que aún no ha sido erradicado de nuestra sociedad, así como también nos habla de la vigencia de un sistema político y económico que poco favorece a los que menos tienen; ese pueblo que nos muestra la película, uno de 1970, es muy similar a muchos de este siglo. 

Pero la cinta también habla de los sueños y la posibilidad de hacerlos realidad. Y conecta con el espectador porque, como decíamos al principio, nos une con nuestro pasado, con nuestros ancestros, pues la mayoría de los que ahora vivimos en las grandes ciudades, tenemos un familiar que viene del pueblo, y, al menos una vez en la vida, hemos viajado a estos lugares a visitar nuestras raíces.

Es una película que no se pueden perder.

 

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