“Polvo” eres y en polvo te corromperás

  • “Polvo” eres y en polvo te corromperás

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Parafraseando la consigna bíblica de “polvo eres, y en polvo te convertirás”, podemos decir, a propósito de la película mexicana “Polvo”, ópera prima del también actor José María Yazpik, que “polvo eres, y en el polvo te corromperás”.

Es lo que sucede con la trama de este filme que se desarrolla en los primeros años de la década de los 80 en el pueblo de San Ignacio, en Baja California, en donde la sombra de un narcotráfico ya en escalada se deja ver sobre los habitantes de este pintoresco y tranquilo poblado a partir de que una avioneta, con un cargamento de media tonelada de cocaína, se estrelló en las cercanías del lugar desperdigando la mercancía en paquetes de a kilo durante una noche apacible.

Sin saber que les llovía dinero del cielo -como refiere la publicidad del filme- los pobladores de San Ignacio pensaron que ese polvo blanco era cal, así que la utilizaron para pintar el diamante del campo de beisbol comunitario, incluso para echarle a la letrina.

 

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Y como el narco no se iba a quedar tan tranquilo con su pérdida, decidió mandar a uno de sus achichincles a recuperar la droga que, curiosamente, resultó ser el hijo pródigo del pueblo, quien se había salido para ir a triunfar Hollywood y regresaba con la cola entre las patas, bueno, con mucho dinero para poder pagarle a los pobladores 100 dólares por cada paquete recuperado, bajo el argumento de que se trataba de un polvo farmacéutico para fabricar medicinas más “shingonas” que las aspirinas.

Así, entre la comedia con toques de humor negro, el costumbrismo, el drama, y el romance, Yazpik va tejiendo una reflexión acerca de la ambición, la traición y la presunción provocados por la corrupción del dinero, el cual muchos de los lugareños jamás habían visto “tanta lana junta”.

Los niños dejaron de ir a la escuela y en lugar de estar entrenando beisbol, se hallaban en el billar pisteando de las ganancias de los paquetes.

El director logra presentar un microcosmos a través de este pueblo en donde ninguna de las instituciones se salva de la corrupción del dinero, de entrada, la Iglesia con su párroco es la primera en sacar raja de las ganancias del polvito ese. Quien se mantiene digno e incrédulo a los supuestos beneficios de los paquetes recuperados es el alguacil del pueblo que, a su vez, también es el profe de la escuela y el entrenador del equipo, además de ser el rival de amores del Chato, lo que también abrirá la puerta a cierto triángulo amorosos del que se fue y los que se quedaron.

Lo que se destaca en esta propuesta de José María Yazpik, es que aborda un tema de actualidad, y su cinta se siente pertinente, pero lo hace desde un punto de vista que deja fuera del radar al narco y su poderío aniquilador, pero que, sin duda, se mantiene latente durante toda la proyección.

Se tiene la presencia del narco como una amenaza hacia el pueblo, como un fantasma que podría aparecerse en una noche de terror (como lo sentimos y lo siente mucha gente actualmente en todo el país), pues si el Chato no recupera los paquetes, los criminales llegarán con toda su fuerza para arrasar al pueblo, por lo que su labor se convierte en una especie de acto heroico.

Y a este drama le sumamos que el regreso del hijo pródigo no resulta tan fácil, pues los fantasmas del pasado regresan y las heridas vuelven a supurar.

Decíamos que José María Yazpik aborda el tema del narcotráfico, pero lo hace desde otra perspectiva, una que, aunque se acerca en ciertos momentos, se aleja también de la sátira al estilo Luis Estrada y su “Infierno” o de la crudeza de “Heli”, de Amat Escalante. Es una película que sugiere el poder del narco, pero que no lo muestra como tal, que si bien lo excluye de la apología también le veda el sentido crítico y de indignación y lo que sucede en San Ignacio que da como una anécdota que los padres contarán a sus hijos de cuando cayó droga del cielo y les pagaron por recogerla.

Para nada es una película fallida, al contrario, bajo el tono que le da Yazpik resulta un trabajo que sobresale. En lo personal, disfruté mucho el lenguaje de los lugareños, porque nos recuerda y nos confirma (disculpen el lugar común) que México está hecho de muchos Méxicos. No se la pierdan.

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