"Había una vez... en Hollywood" un director llamado Quentin Tarantino

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Quizás existen momentos en la vida de un artista en donde la nostalgia ocupa un lugar preponderante que lo lleva a querer plasmar en su obra, tanto las cosas que ha amado o que han tenido un significado importante en su existencia, así como aquellos pecados culposos que en otras circunstancia preferiría no contar, pero que en este caso, es necesario que salgan a la luz si se quiere lograr una sinceridad autoral; lo maravilloso del asunto es que un creador, a diferencia del hombre común, puede hacerlo, precisamente, a través del arte, y ahí se encuentra toda la magia de una buena obra.

Es lo que sucede con Quentin Tarantino y su más reciente filme, "Había una vez... en Hollywood". Se trata de una película llena de referencias de los gustos, pasiones y temores del director de "Tiempos violentos" respecto de su quehacer cinematográfico y su fascinación por la llamada "Meca del cine" y la ciudad de Los Ángeles donde, seguramente, gozó y sufrió en su juventud.

La manera de presentar esto es mediante un compendio de toda su filmografía en una fábula que va entretejida para lograr una unidad que, posiblemente en manos inexpertas, no sabrían qué hacer con tantos trozos de tela de diferentes texturas y colores, pero que en los dedos de Tarantino, logra moldear una prenda que queda a la medida de lo que el director nos quiere contar: su visión sobre el cine, sobre Hollywood y las influencias que ha tenido.

 

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Si no está todo, al menos la mayoría de las filias y fobias del director estadounidense sí lo están. Tenemos su gusto por las películas de artes marciales, por los "spaghetti western", la violencia, sus canciones preferidas, los programas de televisión con los que creció y se "educó", sus ídolos mediáticos como Bruce Lee y la bella Sharon Tate (interpretada por Margot Robbie), esposa del polémico director Roman Polansky (quien también aparece en escena), quien estando embarazada, se sabe, fue asesinada por la secta de Charles Manson, suceso que prefiere evitar Tarantino.

Para no echarles a perder la experiencia, sólo les diremos que la historia se trata de un actor venido a menos, Rick Dalton (Leonardo DiCaprio excelente) y su doble de escenas de riesgo, Cliff Booth (Brad Pitt, humilde y más que cumplidor), quienes tras formar parte protagónica de una serie de Western, tanto el actor, que ahora sólo consigue papeles de villano, lo que a la larga podría poner en riesgo su modesta fama, como el doble que, en consecuencia, carece de oportunidades laborales y para no morirse de hambre funge como una especie de asistente mandadero de Dalton. Ambos tienen que realizar, a lo largo de la cinta, las cosas que tienen que hacer, aunque no les gusten, para mantenerse vigentes, por no decir para no caer al fondo del pozo.

Esta relación que va de los servil a lo fraterno, nos cuenta lo difícil que resulta trabajar para la industria hollywoodense, lo amarga e ingrata que puede resultar ésta, pero que, paradójicamente, alimenta el ego y el espíritu de una manera que cualquier droga o experiencia puedan lograr. La anécdota también sirve como alegoría del ocaso de un director cinematográfico como puede ser el propio Tarantino.

En paralelo, aparece el personaje ya mencionado de Sharon Tate, más como un homenaje a la actriz platónica que seguramente fue para el joven Quentin, que como alguien que trasciende en la historia, pues sólo viene a reforzar el idilio que el actor vive cuando se ve en pantalla grande y escucha las expresiones aprobatorias del público. A diferencia de otros personajes femeninos, el de Sharon Tate es el del estereotipo de la rubia ingenua y "tontita" que pudo ser una gran actriz, pero que prefirió casarse con el director del momento.

Entre las fobias de Tarantino, aparecen los hippies como ciudadanos indeseables y hasta mentalmente inestables y lo mexicanos como la clase trabajadora de los ricos de Hollywood y hasta cierto punto como los invasores, pues, el idioma español hace gala de presencia con una buena cantidad de palabras, la comida y los restaurantes de "mexican food" también tienen su protagonismo en una ciudad como los Ángeles que, a final de cuentas, también es otro personaje de la película. La trampa de Tarantino es que esto lo presenta de una forma que en lugar de molestarnos en una primera impresión, nos causa risa.

Y aunque la trama no suene a Quentin Tarantino, la estructura del filme sí lo es, con esos saltos temporales y situacionales que no avisan y que obligan al espectador a estar atento y después hilar las cosas. Pero hacia el final de la película, vemos al Tarantino que todos conocemos. No les vamos a decir qué sucede; ustedes lo descubrirán y créanlo, es la secuencia más deliciosa a pesar de su crudeza.

Cómo ya se empieza a decir, esta es quizás la película más personal del director de "Perros de reserva", y sin ser una obra maestra, es de lo mejor de este director al que ya se puede tachar de culto. No se la pierdan.

 

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