"El Rey León", un ciclo sin fin de refritos

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¡Híjole, amables lectores!, quisiéramos ya no hablar de la ambición desmedida de Disney con sus películas recicladas que otrora fueron éxitos del dibujo animado y que ahora vuelven a traer a la pantalla, pero en el formato del llamado "action live" o acción real que, de unos años atrás a la fecha, nos han metido filmes a diestra y siniestra de su catálogo, con la promesa de que veremos algo distinto.

Por un lado, Disney emplea su poder económico y técnico para demostrar, precisamente, que en lo visual puede hacer lo que se le venga en gana; y por otro lado, lo hace explotando la nostalgia de aquellos que hace años, cuando eran niños, de cierta manera quieren evocar sus días felices con películas que fueron significativas en su momento y, ahora que muchos de ellos son padres, los invitan a revivir esa experiencia con sus pequeños que, a su vez, se convierten en potenciales clientes de la casa del ratón Miguelito en un ciclo sin fin, pero de refritos.

Ahora le toca el turno al "Rey León", cinta de dibujos animados que en su primera versión de 1994 fue dirigida por Rob Minkoff y Rogers Allers, y que en esta ocasión, de la mano de Jon Favreau, regresa 25 años después en una especie de animación real por computadora, porque si nos apegamos al concepto de "acción real", esta tendría que hacerse con personajes de carne y hueso, humanos o no, y en este caso, los animales de "El Rey León" son animaciones por computadora por mucho que se parezcan a los verdaderos.

 

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Sobra hablar de la trama, porque esa ya no la sabemos, aunque hayamos olvidado la película del 94 o no la hayamos visto, pues existen muchas referencias en la cultura pop de esta historia del león desterrado que regresa para convertirse en rey.

Lo interesante aquí es ver la soberbia y ambición de Disney al pretender que sus "clásicos" vuelvan a ser redituables después de algunos años, en lugar de meterle cerebro y crear nuevas historias, lo malo del asunto es que, si no les va tan bien, tampoco les va mal, dólares más, dólares menos, la ganancia está garantizada. Es como un volado a la segura en donde lo que determinará la moneda en el aire es que si la plusvalía rebasará las expectativas o se quedará en lo previsto.

Esto dependerá de qué tan buen producto logren con el gancho, en este caso, de que veremos la historia de Simba, Mufasa y Scar, con animales de la sabana que parecen reales.

El asunto aquí, es que en este pecado llevará la penitencia, porque no es lo mismo haber hecho "El libro de la selva" en acción real (dirigida por el mismo Jon Favreau) que "El Rey León", porque, sin meternos en camisa de once varas, la fábula de Mowgli se sentía más real dentro de su misma fabulación, mientras que la ficción de Simba se siente falsa a medida que se aleja de la fantasía del dibujo animado y se acerca a la realidad casi del documental.

Y no es porque nos parezca increíble que los animales hablen, pues hay películas de sobra que lograr introducirnos y mantenernos toda la trama dentro de ese artificio, pero en el caso del "Rey León", el acercarse a la realidad animal de la sabana, los aleja de la verosimilitud al poner a la fauna a interactuar entre ella.

Como bien apunta el crítico, Erik Estrada, que estos animales hablen y se comporten de la forma en que lo hacen en la película, los despoja de personalidad  y al no tener ésta, no logran conectar con el espectador.

Es muy sencilla la ecuación: Los dibujos animados, le permitieron a los personajes de esta historia en convertirse en los sujetos entrañables que nos conquistaron hace 25 años, porque, en el dibujo, además de hablar y cantar, podían bailar, saltar, gesticular, hacer chistosadas, entre otras peripecias, cosa, que con animales computarizados con apariencia real, es algo casi imposible. 

Entonces, cuando llegan los momentos de humor y drama, se fuerza mucho o no se logra una expresión de risa o tristeza que parezca, justamente, real. Es como si la propia película se metiera el pie.

Si aún no han visto "El Rey León" del 2019, cuando lo hagan pongan atención en el personaje de Rafiki, ya que, a diferencia del mono parlanchín que fue en la cinta del 94, en esta ocasión apenas si habla, y, aunque en un principio extrañamos ese acento costeño del doblaje, ahora podemos decir que es el único personaje que se rescata en el sentido de que es el que se apega más a la realidad y, quizás, hubiera sido interesante explorar y explotar los demás personajes de la manera en que se hace con Rafiki. Ahí se les queda de tarea, Disney.

A quienes sí extrañamos, tanto en su comportamiento, como en sus voces y cantos, fue a Timón y Pumba que, aunque no están mal en esta película, no son los mismos que nos emocionaron hace más de dos décadas.

Con "El libro de la selva", se notó que Jon Favreau tuvo más libertad creativa, además de que profundizó un poco más en el texto de Rudyard Kipling, pero en esta propuesta, se siente como un león enjaulado y ceñido a la cinta del 94, en donde la única oferta novedosa son los efectos visuales que la dotan de una realidad que, al final de cuentas, no es real.

Sirva "El Rey León" como un extraordinario ejemplo de efectos especiales para demostrar que la imagen puede ir de ida y vuelta: de la realidad al dibujo y viceversa. Como propuesta global, no logra emocionar como sus productores creen que lo haría con aquellos nostálgicos que son los que llenan las salas.

 

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