"Leto: un verano de amor y rock", también se rockea en ruso

  • "Leto: un verano de amor y rock", también se rockea en ruso

    Foto: Internet

"Leto" significa en ruso "verano" y, precisamente, nuestra cartelera cinematográfica veraniega, se toma un descanso de los grandes blockbusters y nos trae desde la tierra del vodka un deliciosos aperitivo con muchas notas de rock soviético con esta interesante propuesta, dirigida por Kirill Serebrennikov.

Ambientada en Leningrado a principios de la década de los 80 y fotografiada en un blanco y negro que deleita, "Leto..." es una ventana para asomarnos a una manera distinta de concebir el rock, a pesar de que el lugar común nos diga que el lenguaje de la música es universal y, paradójicamente, con este filme comprobamos qué sí lo es.

Rayando en la biopick, la cinta nos muestra el origen y apenas una probadita del auge de una de las bandas de rock más representativas de la entonces Unión Soviética, la agrupación "Kinó" liderada por Víktor Tsoi (Teo Yoo, destacable), en un país cuyo régimen de rigor y control, haría imposible pensar en la gestación, ya no digamos de un movimiento, sino tan sólo de un gusto por uno de los géneros musicales de mayor trascendencia en el mundo: el rock que, por desgracia, huele mucho a occidente.

 

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Por obvias razones y agrupaciones de sobrada calidad, negarle este tipo de música a cualquier joven de cualquier sociedad (más en un mundo globalizado como el de hoy) sería tarea harto imposible y ociosa, por eso, para el régimen soviético que se nos muestra, prohibirles el rock a sus jóvenes no era lo mejor; la solución fue permitirlo, pero, claro, muy controlado creando un club de rock en donde los agentes del Estado tuvieran el manejo de quién sí, quién no y bajó qué condiciones tenía el derecho a tocar en ese lugar.

El control venía, más que en el ritmo o la melodía, en las letras de las canciones, la cuales debían enaltecer el espíritu patriótico y los valores que el gobierno promovía. A pesar de ello, los intérpretes podían tener la influencia que les pareciera pertinente, así vemos cómo estos chicos soviéticos escuchan a los grandes: David Bowie, Sex Pistols, Iggy Pop, Blondie, Led Zepellin, The Beatles, Rolling Stones, entre otros.

Lo absurdo, y retratado de esta manera por el director del filme, era el comportamiento de los espectadores, pues con una ironía muy fina, vemos en pantalla a los jóvenes llegar entusiasmados a un concierto de rock de sus artistas favoritos, pero, ya en las instalaciones, su comportamiento se parecía más al de un público que asiste a la ópera que al destrampe rockero. 

Sin embargo, ésto sólo es la careta de un trasfondo que va más allá de escuchar buenas rolas y ver cómo unos jóvenes cumplen su sueño de subirse al escenario. 

El filme trae otros discursos como el de la rebeldía que, en la medida de lo posible, la juventud soviética podía hacer suya a través de la astucia y maña y no de un comportamiento estúpido, berrinchudo y agresivo que suele venir de la mano de este concepto, sobre todo en edades tempranas. 

Pero sobre todo, el cineasta Kirill Serebrennikov hace una dura crítica a ese régimen, al que, con audacia y buen tono, lo hace ver anquilosado, ridículo y rancio, aún a la distancia.

La película retrata muy bien el sentir de esos jóvenes que sólo querían divertirse y vivir su momento, además de que contrasta el sentimiento de opresión con ambientes cerrados, como el departamento pequeño de uno de los personajes y el estudio de grabación, con el anhelo de libertad al sacar a sus actores a los espacios abiertos como la playa en una fogata simbólica en la arena.

"Leto: un verano de amor y rock" nos muestra que también se puede "rockear" en ruso y en cualquier idioma, y, en ese sentido, es una propuesta interesante para adentrarnos a un momento en una sociedad determinada que estaba resguardado casi como secreto de estado. Además la cinta tiene unos momentos alucinantes que le dan frescura y hacen que el discurso sea todavía más puntilloso.

No se la pierdan.

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