"Aladdin", mucha magia y poco encanto

  • "Aladdin", mucha magia y poco encanto

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El mundo ideal para Disney es aquel que se asemeja a la cueva de las maravillas de Aladino: lleno de riquezas infinitas y de pilón una lámpara mágica que concede tres deseos a quien la frote; uno de éstos sería que con cualquier película que lancen los estudios, tendrían que hacerse millonarios, sin importar la calidad del producto.

Aunque no se reconozca, este es el espíritu de los estudios del Ratón Miguelito: buscar la ganancia a cualquier costo (lo hemos dicho siempre en este espacio), y uno de ellos es refritear sus propias películas, casi siempre fusiladas de fuentes ajenas a su cultura, llámense leyendas, mitos, historia oral o textos antiguos y sagrados.

Si ya con la versión animada de "Aladdin" de 1992 se "holliwoodisaba" el cuento clásico de "Las mil y una noches", con canciones, bailes y algunas licencias, el "remake" o refrito de este 2019, que se hace en acción viva, sólo confirma el manoseo que Disney se permite con las adaptaciones que luego resulta ya son de su "copyright", reforzando el cliché cultural y sacándose de la manga un aparente discurso de género para ir acorde con los tiempos actuales.

 

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Resultaría un ejercicio interesante el estar presentes en la sala de juntas donde se discute y se decide el rumbo de una película reciclada que, en un primer momento les generó plusvalía, y de la que esperan se repita ese "éxito".

En el caso de esta versión de "Aladdin", pareciera que dijeran: pues vamos a trasladar tal cual la obra, pero, obvio, con personas reales y con una estrella de renombre que supere la caracterización del genio de la lámpara que hiciera con encanto Robin Williams. ¡Ah, pues llamamos a Will Smith y listo!, diría otro.

Y para que el asunto correspondiera con los tiempos del empoderamiento femenino sugerirían: hagamos de la princesa (que más bien debería ser del estereotipo de mujer) una más rebelde, no tanto, para que no se alborote el gallinero, que en lugar de estar esperando a su príncipe azul que la rescate de su monotonía palaciega para casarse y llenarse de hijos, que mejor ella aspire a ser gobernante, pero, por supuesto, sin dejar de lado el aspecto romántico, porque una princesa sin su príncipe, pues no sería nada, verdad. Es lo que tal vez se escucharía en esas oficinas de Disney.

Así la cosas, el mundo ideal de Aladino y Jazmín sigue siendo este: en el caso de él, sigue siendo el argumento del chico pobre que sobrevive en las calles y que se enamora de la princesa, un ser inalcanzable, pero que, gracias a un golpe de suerte, puede lograr su objetivo, no sin antes caer en crisis y madurar para acceder al final feliz. 

En el cuento original, la moraleja gira en torno al dicho de ladrón que roba a ladrón, algo que tiene que ver más con la astucia humana que con el embeleso romántico de las versiones fílmicas.

En el caso de ella, como ya dijimos, se le dota de un poco más de atrevimiento y movilidad al personaje, un poco más rebelde y también astuta, pero no lo suficiente como para lograr un giro en la trama o trascender con un discurso real de empoderamiento femenino. Al final de cuentas, en el fondo de su corazón, la princesa sólo desea ser feliz a lado de su amado.

Pero el caso que está para ponerse de genio, es precisamente este personaje de color azul que, como ya comentamos, interpreta Will Smith y que en la versión animada, Robin Williams prestara su voz.

De la misma forma,pero inversamente proporcional, al encanto y simpatía que nos generó el genio de la animación, éste, que interpreta Smith, resulta chocante por el acaparamiento que hace de la película. Tal parece que puso como condición para estar presente que él, literal, tendría que ser la estrella, aunque el traje del genio le quedara grande.

Will no logra el encanto de la animación, a pesar de toda la magia de los efectos especiales para ayudarle en su caracterización, y no porque el actor sea malo, sino porque la misma naturaleza del personaje representó un reto que, al ver la película, no lo pudo superar.

Tan parecidas son las dos versiones que esta, del 2019, se vio en la necesidad de coreografiar y cantar los mismos temas de la película anterior, más una nueva, y sólo para rellenar tiempo, porque la cinta no es estrictamente un musical, pero sí utiliza este recurso a la manera fantástica de las películas animadas de Disney donde todo mundo canta y baila (este es el ejemplo de cómo Hollywood manosea y refuerza clichés culturales a su beneficio).

Visualmente el filme está saturado de color y poco contrasta con la oscuridad del antagonista, Jafar, el Visir del Sultán, quien, cabe decir, tampoco está a la altura del villano de la versión animada. 

A pesar de esta saturación de colores tan sólo por llamar la atención, hay que reconocer que el trabajo en el diseño de arte y vestuario se salva de todo el desastre.

Sea por nostalgia o para comparar versiones, "Aladdin" 2019 quedará como una película para el entretenimiento y para pasar un rato en familia, no más.

 

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