"Tiempo compartido", la ilusión del paraíso

  • "Tiempo compartido", la ilusión del paraíso

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¿A cuántos de nosotros se nos ha ofrecido adquirir un tiempo compartido en algún destino de playa? Y nos lo "enjaretan" con miles de promesas (como las tarjetas de crédito) de que la inversión que hagamos, más bien gasto, nos traerá la felicidad y la paz anheladas, al menos momentáneas, las cuales somos incapaces de alcanzar por nosotros mismos en nuestra cotidiana y estresante existencia.

Pero qué son las vacaciones sino sólo una ilusión efímera de una vida que difícilmente podemos tener, una donde no se tenga que trabajar, estudiar, cocinar, organizar y mantener limpia, y si pretendemos, aunque sea por unos días, vivir como reyes ociosos (disculpen el pleonasmo), el costo es muy alto para nuestra mermada economía familiar. Aun así, nos aventamos como el "Borras" al embeleso de la ilusión.

Así, como si fueran promesas de campaña, el cineasta Sebastián Hofmann, nos trae en "Tiempo compartido" una alucinante historia que hace crítica, principalmente de las estrategias publicitarias de la industria hotelera y turística, en donde clientes y empleados se hallan en la misma burbuja ilusoria que es controlada, con cierta dosis de maldad, por los dueños de las grandes cadenas hoteleras, claro, muchas veces con la complicidad de autoridades que los dejan hacer y deshacer a su antojo.

 

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Pero esto sólo es la fachada de algo más intenso que el juicio a la industria y sus espejismos: la cinta nos sacude al mostrarnos cómo podríamos llegar a ser si nos despojamos de nuestro espíritu crítico y nos dejamos seducir por el canto de la sirena, sea esta política, religiosa, laboral o de consumo desmedido.

Y lo hace a través de un espejo roto y mugriento que nos regresa un reflejo fragmentado, opaco y desenfocado, igual que la fotografía inquietante y claustrofóbica del filme.

A grandes rasgos, "Tiempo compartido" nos habla de Pedro (un más que cumplidor Luis Gerardo Méndez), un padre de familia que compra tiempo en una villa de un faraónico complejo hotelero para llevar de vacaciones a su esposa e hijo. Por cuestiones "ajenas" a la empresa, se hace una sobre venta, por lo que esta familia tendrá que compartir con otra dicho espacio vacacional con todos los inconvenientes que esto acarrea.

Pronto, Pedro descubrirá que todo es un engaño para seguir metiéndoles productos que no necesitan y que esa ilusión de una vida feliz en el paraíso, sólo es el camino al infierno, el cual le saldrá más caro que el simple costo económico.

Ante tal situación, se rebela en una hilarante perorata en contra de este sistema que está por encima de la sociedad adormecida, perdón, de los clientes cautivos.

En sentido contrario, tenemos a Abel (un Andrés Almeida también más que cumplidor), el otro padre de familia que, junto con los suyos, comparte la villa, el cual, a través de una apariencia de buen tipo, que disfruta de una alberca atestada de bañistas (quizás orinada) y que se deja tostar al sol cual lagartija, será el encargado de "tranquilizar" y convencer a Pedro de las bondades vacacionales.

Abel es como un "bot" del sistema que al mismo tiempo que trata de mantener el control de la situación, por otro lado intenta inocular en Pedro y su familia la ilusión del tiempo compartido.

Pero existe un tercero en discordia: Andrés (un irreconocible y genial Miguel Rodarte), un empleado del hotel que representa al eslabón más bajo de la sociedad. Es el trabajador oprimido, literal, que se mueve entre los pasillos lúgubres de los sótanos del palacio, perdón, del hotel, llevando las sabanas sucias a lavar.

Para él, que le ha dado su vida a la empresa, no habrá recompensa ni futuro. Está condenado a una vida de invisibilidad evidente, pues, como muchos lo hemos hecho cuando andamos de vacaciones en un "resort" similar, no vemos o no queremos ver a quién nos hace la limpieza; es mucho mejor pensar que no existen, que el trabajo sucio se hace solo.

El andar de Andrés por los pasillos tétricos del sótano puede compararse con el camino a los infiernos de donde nunca saldrá porque así le conviene a la empresa; escondidito se ve más bonito. Su esposa, que también trabaja en el hotel, aspira a un puesto mucho mejor que el de él, pero no sabe que también eso es un artificio que habrá de romper la estabilidad conyugal.

El resentimiento o la sed de justicia, convertirán a este personaje en pieza clave para desenmascarar el ensueño del paraíso.

Estos tres personajes, deformados, rotos y fuera de foco nos regalan una alucinante y siniestra experiencia vacacional desmitificando las bondades del turismo y la ilusión que se genera en torno a ello.

Sebastián Hofmann nos invita a ver más allá de las apariencias en donde, para poder crear y mantener una ilusión, muchas veces se pasa por encima de quien y de lo que sea.

Después de esto, amable lectora, lector, sus vacaciones no serán las mismas.

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