"Megalodón", la última mordida del verano

  • "Megalodón", la última mordida del verano

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Las vacaciones de verano se han terminado, una noticia nada afortunada para los más pequeños de la casa que regresan a clases, y en el caso de la oferta cinematográfica comercial, la temporada más jugosa en cuanto a taquilla, también ya ve su ocaso. Por ello, no queríamos dejar pasar la oportunidad de opinar acerca de uno de esos llamados "blockbuster" veraniegos, intitulado "Megalodón".

Junto con "Rampage: Devastación" y "Jurassic World: El Reino Caído", estas cintas fueron las "cartas fuertes" de Hollywood de la temporada para entretener a las masas, ávidas de emociones fuertes con enormes monstruos que quitan el sueño y les regalen uno que otro susto que las aleje de la cruda realidad cotidiana que, por supuesto, no quieren ver en pantalla grande; es como ir de vacaciones a la playa y en lugar de disfrutar del mar, se la pasen en el cuarto de hotel viendo noticias en el televisor.

Así, de la misma forma que nos podemos pasar el día entero en la playa, tomando margaritas, mojándonos en el mar y tumbados en la hamaca sin que suceda algo interesante (salvo que se aviste una aleta de tiburón porque entonces sí, a nadar se ha dicho), lo mismo sucede con "Megalodón", una película que intenta basar su "éxito" en aquel referente de 1975, "Tiburón", de Steven Spielberg.

 

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A más de cuarenta años de ese "taquillazo" spielbergiano, la tecnología permite presentar al depredador que usted guste y mande sin necesidad de utilizar uno mecánico como aquel escualo setentero, por ello, películas como las arriba descritas donde vemos animales colosales y dinosaurios, lo mismo pasa con esta película: se nos presenta un tiburón prehistórico, ah, también "hiperbolizado" (si nos permiten el término) para lograr que el público se trague la trama, porque de lo contrario, difícilmente, una cinta con un tiburón blanco de 3 metros no causaría el mismo efecto que uno de más de 20 metros como es el caso.

Resulta difícil decir que podemos encontrar alguna historia en esta película, pues no la hay. De entrada, sabemos que veremos a un tiburón gigante que habrá de causar los mayores desastres posibles, a su vez que habrá de comerse a cuanta cosa viva se le ponga entre sus fauces. 

Por ello, sólo veremos un pastiche de lugares comunes tales como un romance forzado, un tipo con buenas intenciones que al final resulta ser malo y un macho que regresa de la miseria para convertirse en héroe y todo para que la película no se trate de acción tras acción, mínimo para darle algo de drama a la trama (cacofonía intencional) y no nos aburramos de tanta comilona tiburonera y valiente que le haga cara.

Por ahí, en los primeros minutos de la cinta, se intenta dar un contexto científico del por qué del origen de este ser prehistórico que había permanecido oculto en un lugar inexplorado por los humanos en las profundidades del mar, algo que nos recordó a "El secreto del abismo" (Jame Cameron, 1989), pero que para la mitad de la película se diluye toda la explicación e interés docto por el gran descubrimiento y la cinta se somete a la parte visual para machacarnos el tamaño "caguama" del animal marino y lo peligroso que puede ser para las personas.

Nunca hay drama; no se logran los niveles de suspenso que sí alcanzó el "Tiburón" de Spielberg; el héroe, protagonizado por Jason Statham, bien habría podido ser Dwayne Johnson y no pasaba nada; el megalodón resultó ser un tiburón proporcionalmente tan  torpe como su tamaño y otras nimiedades que no valen la pena mencionarse.

No queremos decir que la película sea un completo desastre si nos atenemos a que cumple su objetivo de entretener y evadirnos un poco de la realidad con algunos sustos y muy poco humor qué rescatar.

Aun así, seguimos creyendo que en el mar la vida es más sabrosa.

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