Quien canta, sus males espanta

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Qué difícil es ejercer la autocrítica, más cuando algo nos apasiona y nos aferramos a ello con todas nuestras fuerzas, a pesar de que natura no nos dotó de los talentos necesarios para llevar a cabo esa actividad, y aun así nos aventuramos a realizarla con todo y las burlas y las críticas que puedan surgir.

Y, desde el otro lado, nos preguntamos si es una soberbia extrema, una idiota estupidez o una cándida inocencia (disculpando los pleonasmos) que ciega todo sentido de la crítica para hacer eso para lo que no nacimos, aunque también resultaría cruel no realizar las cosas que nos gustan por esa pretendida autocrítica o por darle peso a las opiniones de los demás.

Esas son las sensaciones que nos dejó la comedia dramática, "Florence: la mejor peor de todas" (una traducción horrible y, a leguas, tan falta de autocrítica), película que se basa en hechos reales que vivió Florence Foster Jenkins (que así se llama la cinta en su título original), mujer acaudalada que se sentía y actuaba como toda una diva del canto durante la primera mitad del siglo XX, a pesar de no poseer el talento para cantar, mucho menos como soprano, pero que, aún así llegó a presentarse nada más y nada menos que en el Carnegie Hall, de Nueva York, además de grabar sus propios discos y venderlos.

 

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Aunque ya habíamos visto esta historia en la película francesa "Marguerite" -interpretada con soberbia por la actriz Catherine Frot (lo que le dio un premio César)-, y que es una adaptación libre de la vida de Florence, trasladada a la Francia de los años 20 del siglo pasado, fue, precisamente, ver la actuación de Meryl Streep en el papel de esta cantante exótica lo que nos jaló a la sala de cine.

Y al igual que nos reímos, emocionamos, enojamos y compadecimos a Frot en "Marguerite", lo mismo nos sucedió con Streep en esta cinta, quien confirma su calidad histriónica casi en cada papel que le asignan. 

Y es, justamente, la actuación de Meryl Streep lo que da sustento al filme, aunado a un guión equilibrado  que deja brillar a la actriz como un sol y a los actores secundarios que la acompañan, como planetas a su alrededor que reflejan su luz, deslumbrando también ellos mismos.

Nos referimos al siempre correcto (en la pantalla) y hasta cierto punto aristocrático Hugh Grant, y al divertido Simon Helberg (el morboso Howard de la serie "The big bang theory"), quienes, respectivamente, interpretan de forma destacable al esposo de Florence Foster y al pianista que la  acompaña en sus presentaciones.

La película logra un balance entre la comedia y el drama, así que durante la primera mitad nos reímos mucho, sobre todo, en la secuencia donde Florence contrata a su pianista, quien, al escucharla cantar por primera vez, no da crédito a los que oye, pero menos a los halagos que le sueltan a la mujer su profesor de música y su propio esposo; es un rico duelo de caras y gestos.

A medio camino, antes de que se encamine al drama del final, la película muestra su parte reflexiva a través de los personajes del esposo y del pianista cuando pensamos que los dos tratan de aprovecharse de la buena voluntad de la señora Foster y los vemos como unos tipos parásitos y egoístas, cosa que no resulta del todo cierto.

El final (que no diremos) tiene una buena dosis de drama, sin caer en sentimentalismos porque, por fortuna, de nuevo el trabajo de Meryl Streep lo evita y hace de éste algo digno para el personaje y, deseamos, así haya sido el de Florence Foster. 

Una especie de dignidad egocéntrica es lo que podría decirse de este personaje, quien, en la historia real sabía que la gente se burlaba de sus manera de cantar y aún así ella seguía haciéndolo en público creyendo que lo hacía bien, y, en el caso de la interpretación fílmica, la manera en que enfrenta la verdad, con valor, coraje y sentido del humor, pero ya sin las fuerzas para seguir adelante.

Nos quedamos al final con las palabras que se le atribuyen a Florence Foster Jenkis y que, por su puesto, dice en la película: "La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté".

 

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