"Un monstruo viene a verme", entre la fábula y la lágrima

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    Foto: Internet

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"Un monstruo viene a verme", del español Juan Antonio Bayona ("El orfanato", 2007 y "Lo imposible", 2012) es un drama familiar con un halo de fábula, en donde un niño de 12 años, Connor (Lewis MacDougall ), se enfrenta a la tragedia del cáncer que padece su madre (Felicity Jones ), la cual ha de morir, por lo que el niño debe enfrentarse a esta realidad, pero no puede hacerlo solo; un monstruo (Liam Neeson) habrá de ayudarlo a aceptar lo inevitable.

La película está basada en la novela homónima de Patrick Ness, quien también hace la adaptación cinematográfica.

Si usted, lectora, lector, vio "El laberinto del fauno", del mexicano Guillermo del Toro, encontrará en "Un monstruo viene a verme" una veta similar respecto de que los protagonistas, en ambos filmes, son niños que se enfrentan a situaciones difíciles, con un padre ausente y una madre que por enfermedad le es imposible defenderlos de las agresiones que están sufriendo, por lo que los infantes se ven obligados a madurar, por un lado, pero, por el otro, a refugiarse en la fantasía y la imaginación.

 

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En el caso de "El laberinto del fauno", Ofelia (Ivana Baquero), se crea todo un mundo mágico con el Fauno a la cabeza y con una actitud más inocente que el caso de Connor, protagonista de la cinta en cuestión, quién con el poder de su imaginación convoca a un monstruo con forma del árbol, uno frondoso que está plantado en el cementerio local, el cual se mira desde su ventana.

Sin duda este es el único punto en común de la película de Bayona con la de Del Toro -bueno en ambas, el también mexicano Eugenio Caballero participa en el diseño de producción-, pero la forma de resolver el asunto resultó más atinada para el connacional que para el director europeo, pues, si bien "Un monstruo viene a verme", cumple con efectividad en lo técnico, en lo narrativo abusa de la manipulación sentimental con la enfermedad de la madre al estilo de otro filme español, "Camino" (2008), con la intención de hacer llorar al espectador, más que de profundizar en el drama.

En este sentido, Bayona se ensaña con su personaje principal al mostrarlo como un niño solitario que en la escuela sufre de abuso por parte de sus compañeros y de pilón con su madre que se encamina hacia un destino fatal. Eso provoca que nos compadezcamos del pequeño a fuerza de su desgracia, pues se necesitaría ser de piedra para no lamentar la vida del menor, más si se es madre o padre, y en algún momento nos hace pensar que ningún niño debería enfrentarse a este tipo de pérdidas, pero luego volteamos al mundo y vemos que todavía puede haber cosas peores para un pequeño que tampoco deberían suceder.

Para hacer contrapeso, el personaje del monstruo se encarga de que Connor se enfrente a la situación adversa que está padeciendo y que enfrente sus propios monstruos y pesadillas que no lo dejan dormir porque el niño tiene miedo, pero no del monstruo, tiene miedo de la verdad y de enfrentarse a ella, a sabiendas que esto lo hará libre, por lo que, hacia el final, el ser fantástico se ha de encargar de que el pequeño acepte su destino.

La manera en que el monstruo hace su labor terapéutica con Connor es mediante el relato de tres fábulas, las cuales no tendrán sentido para el niño, en principio, pero pronto habrá de comprenderlas y asimilarlas, pues como dijera el escritor Chesterton: "Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos", y eso es lo que le sucede al pequeño.

Mas allá de este recurso, visualmente las dos primeras historias son de una gran manufactura: las ilustraciones animadas apelan a un expresionismo que dota de cierta oscuridad a la historia, para remarcar lo desgraciada que puede ser la vida y, a su vez, dejan la moraleja de que el ser humano navega entre el bien y el mal; lo mismo puede ser virtuoso que corrupto y esa es una lección que Connor deberá entender para aceptar lo que viene.

Y en este punto es donde creemos que se queda esta película, en un tono grisáceo que en ocasiones nos aporta luz, pero también cierta opacidad, insistimos, principalmente en su maniqueísmo hacia la lágrima segura, pero si alguien no logra conmoverse, o es porque no tiene corazón de pollo o no cayó en el garlito del director, y en caso de que sea esto último, será imposible disfrutar las partes que valen la pena del filme y que sin duda las tiene.

Finalmente, podría pensarse que la película es para niños, pero no es así, al menos para los menores de ocho años, quienes, a media película empezarán a aburrirse, por muy estético que resulte el monstruo.

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