“Julieta”, un filme epistolar de Almodóvar

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Querida Julieta:

¿Cómo iniciar esta reseña sin caer en los lugares comunes que el cine de Pedro Almodóvar  ha instaurado más como la virtud de un estilo que como el vicio de una incapacidad autoral?

Quizás la respuesta se encuentre en la sinceridad de soltar la pluma frente a la hoja en blanco, sentarse en la soledad de la habitación, como tú lo hiciste y plasmar las sensaciones de los hechos vividos (en tu caso) o vistos (en el caso de quien esto escribe).

Con esa larga epístola de tu vida que escribes y que en voz en off vamos siguiendo, desde que en ese tren (leyendo tragedia griega) conoces al amor de tu vida, al que perdería después, hasta ese día en que en la calle encontraste a la mejor amiga de tu hija y te dijo que la había visto, reabriendo tu herida por esa hija a la que no has visto en doce años y de la que no tenías noticia hasta ahora.

 

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Ese retorno al dolor, a los recuerdos, es lo que hizo que escribieras esa carta donde vacías tu vida, tus sufrimientos, tus miedos, tus reproches, tu larga soledad, tus frustraciones como mujer, como madre, como hija. Pero también nos compartes tus días de luz, tus alegrías, tus emociones, tus sueños y tus pasiones, y esto te hace entrañable ante nuestros ojos.

Todo esto lo compartimos contigo, Julieta. Por eso, al igual que tú, no entendemos por qué el abandono de tu hija, por qué cuando ya es una mujer desaparece de tu vida sin explicación alguna. Sabes que está bien, pero también sabes que no quiere compartir su vida contigo. Y ese dolor, esa incertidumbre por supuesto que acaba con la vida de uno, y a uno también le duele.

Es sorprendente cómo Almodóvar logra captar ese calvario que padeces, pero sobre todo esa parte en la que el dolor transforma tu rostro. Esa escena donde tu yo joven deja el lugar a tu yo maduro es, sencillamente, inolvidable (cuando las personas vayan a conocer tu historia entenderán esta parte).

Debo reconocerte, Julieta, que a pesar de tu congoja nunca te permites la histeria o la estridencia como recurso liberador, y mira que estaría justificado. Tu dolor es contenido y adquiere la maduración de un cine “almodovariano” que sin perder el estilo se permite explorar otros derroteros llegando sin duda a buen puerto.

De corazón, Julieta, deseo que esa carta que has recibido de tu hija, después de tanto tiempo y quizás de haber perdido todo esperanza de volverla a ver,  signifique la redención que esperas y necesitas, porque, como dijera esa amiga tuya a punto de morir, ya se han pagado los errores que todo ser humano comete, y en tu caso, lo has hecho con creces.

Julieta, sólo me quedan palabras de reconocimiento por ser la mujer que eres. Y también me queda hacer el agradecimiento a Almodóvar (que al igual que Inárritu ha omitido parte de su nombre en los créditos) por permitirnos conocerte en ese lapso de tu vida, y de la manera en que nos lo ha contado.

Celebremos, pues, que existe el cine, que existes tú en la ficción, que existen los directores comprometidos como este que ha dirigido una película más que todos deberían de ver.

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