Adiós Cuauhtémoc, el último tlatoani mexica

  • Adiós Cuauhtémoc, el último tlatoani mexica

    Foto: Internet

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“El ídolo del futbol nace en cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota. Desde que aprende a caminar, sabe jugar (…) Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria, de ovación en ovación(…) La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita”.

Eduardo Galeano / El futbol a sol y sombra

Ciudad de México, sábado 5 de marzo de 2016, Estadio Azteca. El ídolo salta al rectángulo verde de 105 por 68 metros, tal y como lo hizo durante los últimos 24 años en su carrera como futbolista profesional, sólo que en esta ocasión será la última que lo haga.

La afición que llenó el coloso de Santa Úrsula estalla en júbilo al ver al viejo protagonista de épicas batallas con su característico andar jorobado, pero ya con menos cabello y la playera un poco más pegada al cuerpo, evidencia de unos kilos de más sobre sus pies.

 

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Como si fuera un novato que busca llamar la atención del entrenador, se pone a la orden del preparador físico para hacer los ejercicios de calistenia correspondientes, sin importar que las articulaciones ya no estén tan aceitadas como antaño.

Terminan los estiramientos y tras unos meses de inactividad por su ya conocida incursión en el mundo de la política, es la hora de reencontrarse con el amor de su vida. Esa “gordita caprichosa” de 70 centímetros de cintura que arranca suspiros a millones pero que sólo los más iluminados pueden tenerla siempre a sus pies.

La mira, la toca, la acaricia, la trata como a toda una dama. Es por ella que ha llegado hasta aquí.

Camina de regreso al vestidor para la charla técnica y luego salta de nueva cuenta a la cancha para escribir el fin de su historia en el templo que tantas veces hizo estallar.

Encabezando al equipo de sus amores, porta el gafete de capitán por última vez y lleva el peculiar número 100 sobre la espalda. No es que no le hayan querido dar su tradicional 10, ese que portan los superdotados del balompié y que son los ingenieros de grandes construcciones sobre la alfombra verde, más bien, el 100 representa el 10 elevado a la segunda potencia, el “Cuau” al cuadrado, el “Cuau” enaltecido por prensa, especialistas y aficionados a un nivel superior al de los simples mortales.

También, el número 100 está ligado al centenario de las Águilas del América, que este año llegará al siglo de vida y quién mejor para tener esa distinción que, a consideración de un servidor, el máximo ídolo azulcrema, incluso por encima de Carlos Reinoso, Enrique Borja y el "Chanfle".

Los 21 afortunados invitados a la fiesta están sobre el terreno de juego, el árbitro pita y el baile comienza.

Cuauhtémoc trota, grita, se mueve, la pide. Trata que su sentido de ubicación que ganó con los años, compense la velocidad que el mismo Dios Cronos se encargó de quitarle.   

La transmisión televisiva no se cansa de enfocarlo, la afición no se cansa de ovacionarlo y sus compañeros no se cansan de buscarlo. Apenas tienen el balón, voltean la mirada al eterno 10 (en esta ocasión el 100). Si se encuentra lejos, direccionan la jugada hacia donde está él, sin importar que la bola tenga que hacer un par de escalas antes de llegar a sus botines.

Corre el minuto 8 de juego. El Cuau toma el balón en tres cuartos de cancha, alza la cara y descubre que él y otros dos americanistas atacan mientras cuatro de Monarcas Morelia defienden.

Entonces hacemos una pausa. Como si abordará el DeLorean de “Volver al futuro”, Cuauhtémoc Blanco retrocede el tiempo hasta ubicarse en las calles del barrio bravo de Tepito, ahí donde se jugaba por amor al deporte y no sólo por unos billetes.

Tal y como lo hiciera en sus años de juventud en los llanos de tierra, hace una diagonal en dirección al marco rival, con una pequeña finta se quita a un adversario para luego, en los linderos del área enemiga, sacar una autentica pincelada al estilo surrealista de Salvador Dalí.

Al puro estilo de los genios del balón, hace lo inverosímil. Al puro estilo de los rebeldes, hace lo contrario a lo que la mayoría pensábamos que haría. Cuando la lógica marcaba hacer un disparo con potencia, intenta sorprender al arquero rival con un toque suave y bombeado que congela al estadio.

La trayectoria lenta y cadenciosa del balón se hizo más eterna que la cuaresma, pero cuando la afición estaba a punto de gritar gol, el poste se encargó de regresarnos al sábado cinco de marzo de 2016, reprimiendo el deseo de gol a miles en el estadio y miles más que miraban desde los televisores.

Minuto 34, Darwin Quintero acelera el calentamiento, será quien sustituya al ídolo.

El destino le da otra oportunidad de gol al “Temo”. El balón le cae al pie dentro del área, intenta hacer un enganche pero el defensor purépecha, Carlos Adrián Morales le roba el balón para la desgracia azulcrema.

Se perdió una jugada clara, pero un minuto después, vuelve a hacer dotes de su habilidad de manejar el tiempo y nos transporta hasta el 13 de junio de 1998 en el Stade de Gerland en Lyon, Francia, el día en que el mundo conocería el arte azteca.

Tal como lo hizo con la Selección Nacional en el último mundial del siglo XX, en duelo de fase de grupos contra Corea del Sur, Cuauhtémoc Blanco controló el balón en medio de dos adversarios y dando un salto con la bola sujeta con los dos pies, traspasó la muralla defensiva al igual que David Copperfield atravesó la muralla china. Esa jugada quedaría inmortalizada como la “Cuauhtemiña”.

Darwin Quintero, se quita la sudadera de entrenamiento, se coloca junto al cuarto árbitro que ya trae consigo el marcador electrónico. Ya han pasado los 30 minutos que habían prometido darle a Cuauhtémoc sobre el terreno de juego y un poco más. Nadie en el estadio quería que saliera la bola o que el nazareno pitara alguna infracción.  

En una pelota dividida, el defensor americanista, Paolo Goltz comete una falta al mediocampista Cristian Pellerano, el juez ordena que se realice el cambio, el marcador indica el fin. Sale Cuauhtémoc Blanco, entra Darwin Quintero. Se quita el gafete de capitán por última vez y lo coloca a Rubens Sambueza, el mismo se encarga de entregar la herencia.

El público se para de sus asientos, “La Monumental” empieza el canto. “Ole, ole, ole, ole…Temo, Temo”, retumba en el estadio.

El Cuau sale a trote, aún en su partido de despedida, no quiere hacer tiempo, el equipo domina y hay que ganar esos tres puntos. Ovacionado, se sienta en la banca no sin antes agradecer el cariño del público, su público.

La emoción e incluso el llanto, invade a más de uno, incluso parece que invadirá al Cuau, pero muy valiente, se aguanta como “machin” porque sabe que es su fiesta y debe lucir impecable.

Hasta aquí termina la historia de este personaje pintoresco de las canchas, pícaro y picoso como el chile habanero dentro del terreno de juego, genio y figura hasta la sepultura.

Lo de mas, sale sobrando, ganó el América cuatro goles a uno pero eso no importaba mucho, lo verdaderamente importante era despedir al ídolo como sólo él se lo merecía y no nada más con la entrega de una placa conmemorativa que se pudo conseguir en Santo Domingo y que al final, de todas formas, terminaron entregándole.      

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