Cueva inundada de Hoyo Negro, es un manantial de información arqueológica

  • Cueva inundada de Hoyo Negro, es un manantial de información arqueológica

    Foto: Cortesía|MNE

La cueva inundada de Hoyo Negro, ubicada en Quintan Roo es una fuente primordial de información arqueológica ya que, además de haber resguardado durante milenios los restos óseos de “Naia”, el esqueleto humano más antiguo y completo recuperado en América, es todavía un sitio abundante en información, pues también se han descubierto fósiles de animales prehistóricos que dan luz acerca de los primeros habitantes vivos del continente.

Así lo comentó en conferencia la arqueóloga Pilar Luna Erreguerena, investigadora de la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH ) y coordinadora del Proyecto Arqueológico Subacuático Hoyo Negro.

La especialista señaló que a doce años de la primera inmersión en las aguas de esta oquedad,  se han descubierto restos de una cuarentena de animales, muchos de ellos extintos, como el tigre dientes de sable y el oso cara corta, e incluso del registro de nuevos géneros y especies como la del perezoso Nohochichak xibalbahkah (que en maya significa “animal de grandes garras que vivía en el inframundo”).

 

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La arqueóloga indicó que Hoyo Negro representa la confluencia entre arqueología y espeleobuceo, “dos disciplinas necesarias para la conservación de los contextos culturales en cuevas sumergidas”.

En este sentido, destacó que uno de los logros más importantes del trabajo en conjunto de estas dos disciplinas es el mapeo de 16,916.9 metros en ese sitio sumergido, resultado de un minucioso proceso dentro del cual, espeleobuzos capacitados en México y el extranjero en el quehacer de la arqueología subacuática, tomaron fotografías cada 1.5 metros, a una profundidad constante, de los principales accesos y la cavidad natural con forma de campana que resguardaba los fósiles prehistóricos.

Detalló que con ese material fotográfico fue posible hacer una reconstrucción digital que ahora permite a los expertos hacer recorridos virtuales por el sitio y alterar “en lo mínimo posible” el contexto arqueológico primario.

Pilar Luna enfatizó que el Proyecto Hoyo Negro es conducido por arqueólogos subacuáticos y espeleobuzos capacitados, ya que la cueva sumergida en cuestión es un lugar en extremo peligroso, incluso para los propios especialistas, quienes laboran en ambientes de oscuridad, con equipo de protección de última generación e incluso con técnicas de buceo diseñadas ex profeso para Hoyo Negro.

Por su parte, durante este informe, el doctor James Chatters, del Laboratorio Applied Sciences/Direct AMS, Bothell, Washington, codirector del Proyecto Hoyo Negro, describió lo que el equipo de científicos ha aprendido acerca de la joven prehistórica, “Naia”, y su vida.

Refirió que luego de sumar los múltiples estudios de datación, reconstrucción virtual y cartografía, entre otros, así como lo indagado por la arqueología y la paleontología, se sabe que Hoyo Negro fue hacia el Pleistoceno Tardío (que precede al año 10,000 a.C.) una trampa para los animales que buscaban agua dentro de lo que entonces era una cueva.

Dado que el nivel del mar era considerablemente más bajo, “Naia”, joven de entre 15 y 17 años, debió adentrarse en este sitio, probablemente con una antorcha, en búsqueda del vital líquido y ahí pereció. 

Otros datos acerca de “Naia”, añadió, son su vínculo genético con los primeros seres humanos que migraron a América por Beringia, o la confirmación por el análisis de su osamenta y sus piezas dentales, de que había dado a luz al menos una vez.

En su momento, los doctores Blaine Schubert, director ejecutivo del Centro de Excelencia en Paleontología y profesor de Geociencias de la Universidad Estatal de Tennessee del Este; y Joaquín Arroyo-Cabrales, jefe del Laboratorio de Arqueozoología de la Subdirección de Laboratorios y Apoyo Académico del INAH, hablaron acerca del fenómeno conocido como Gran Intercambio Biótico Americano (GIBA).

Este acontecimiento, señaló Arroyo-Cabrales, ocurrido en el Pleistoceno tras la formación geológica del istmo de Panamá, permitió que múltiples especies procedentes de Norteamérica, cánidos y úrsidos, por ejemplo, cruzaran a Suramérica al tiempo que animales de esa región, como los perezosos y los gliptodontes, migraban en sentido inverso.

Debido a que el sur de México y Sudamérica son geografías tropicales, el registro de fósiles ha sido, en general, pobremente representado. Por ello mismo, insistieron los investigadores  en la necesidad de seguir indagando y preservando las cuevas sumergidas de la península de Yucatán, que hoy se presentan como auténticas cápsulas del tiempo y sitios de incalculable valor para la arqueología subacuática.
 

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