Japoneses reprodujeron un fresco budista destruido por los talibanes

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    Foto: Afp

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18-11-2021

Tokio. Investigadores japoneses reprodujeron milímetro a milímetro un fresco budista destruido en 2001 por los talibanes en Afganistán mediante la utilización de una mezcla de técnicas tradicionales y digitales con la finalidad de preservar y transmitir el “espíritu” de la obra a las futuras generaciones.

No queda ni un solo fragmento de la pintura rupestre, que data del siglo VII, destruida junto a los dos Budas gigantes y otros objetos arqueológicos en el Valle de Bamiyán, en Afganistán, un crimen contra el Patrimonio de la Humanidad que suscitó un gran revuelo.

Sin embargo, una réplica fiel, resultado de tres años de un trabajo vanguardista, ha sido expuesta en un museo de Tokio durante septiembre y octubre, apenas pocas semanas después de que los talibanes retomaran el poder en Afganistán.

 

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La pintura original se encontraba en el techo de una cueva cercana a las famosas estatuas, y representaba a un Bodhisattva azul, un discípulo de Buda que pospone su acceso al Nirvana (proceso espiritual budista) para ayudar a la gente corriente.

Con seis metros de largo y tres de altura, la copia, cuyo tamaño es exacto al original, fue calificada como un superclón por el equipo de reproducciones de la universidad de Artes de Tokio.

“Hemos conseguido recrear una representación muy precisa en tres dimensiones”, tanto en la textura como en la pintura utilizada, explica Takashi Inoue, codirector del equipo y profesor especializado en el patrimonio cultural euro-asiático.

Japón es un importante donador de Afganistán y desde hace mucho tiempo se ha involucrado en todo lo que concierne a la preservación del patrimonio arqueológico del Valle de Bamiyán, una verdadera encrucijada de antiguas civilizaciones, situado en el centro del país y considerado una de las cunas del budismo nipón.

Sin sentido

El equipo de Inoue realizó un tratamiento digital a un centenar de fotografías del fresco original, que habían sido tomadas por arqueólogos japoneses antes de su destrucción con el objetivo de crear un modelo informático de su superficie. Posteriormente, estos datos fueron introducidos en una máquina que grabó la forma exacta del fresco en un bloque de poliestireno.

Después, un equipo de artistas completó la obra aplicándole pintura tradicional de un azul intenso, el color denominado lapislázuli, el mismo del fresco original.

A partir de este proceso, “hoy contamos con la capacidad de dar forma a las obras (perdidas) y así transmitir su espíritu a las nuevas generaciones”, considera Inoue. “Toda destrucción es en vano, conservemos entre todos el patrimonio de la humanidad”, añade.

Kosaku Maeda, historiador japonés especializado en los vestigios de Bamiyán y codirector del equipo de reproducción de frescos, tiene grabadas en la memoria las imágenes “extremadamente impactantes” de los Budas de Bamiyán desapareciendo entre nubes de polvo.

Con el retorno de los talibanes al poder, “temía que volvieran a hacer lo mismo con los vestigios”, confía este académico de 88 años que ha visitado varias veces durante más de medio siglo el Valle de Bamiyán.

“Con las técnicas de restauración y reproducción actuales, cualquier destrucción carece de sentido; podemos recrear las obras prácticamente sin cesar. Ése es nuestro mensaje” a los talibanes, resalta.

Contra lo hecho por los islamistas entre 1996 y 2001, cuando ejercieron el poder, el nuevo régimen ha dicho que protegerá el patrimonio arqueológico afgano.

A comienzos de octubre, duran-te una visita a Bamiyán, periodis-tas vieron a talibanes montando guardia cerca de las cavidades donde se encontraban los dos Budas gigantes en la pared horadada de un acantilado.

Tras el colapso de la economía afgana, los talibanes han corroborado que mantener el patrimonio “brinda trabajo y genera ingresos regulares”, indicó Philippe Marquis, director de la delegación arqueológica francesa en Afganistán.

“Una nación permanece viva sólo cuando su cultura permanece viva”, indicó, haciendo referencia al texto inscrito en una pancarta a la entrada del Museo Nacional de Kabul.


 

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