Lula: lecciones sobre cómo gobernar

 Lula: lecciones sobre cómo gobernar

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16-04-2018

El encarcelamiento del ex Presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva en Brasil ha despertado un debate equivocado. La acción de jueces brasileños de ordenar el apresamiento del ex Presidente ha hecho que se susciten marchas multitudinarias exigiendo la liberación de Lula, mientras otras tantas manifestaciones apoyan la acción de los jueces. Según consignan medios brasileños, la discusión es acerca de si la acción de los jueces es un ardid para impedir la candidatura presidencial de Lula, cuya popularidad no está en cuestión, o es una acción para corregir acciones incorrectas realizadas por un gobernante.

Los simpatizantes y partidarios de Lula recaban firmas en todo el mundo para exigir su liberación, sosteniendo la tesis de que es víctima de un complot urdido por los centros políticos y financieros derechistas que no lo quieren de regreso al poder, debido, se dice, por su izquierdismo.

Este argumento resulta peculiar, en el mejor de los casos, habida cuenta que el gobierno de Lula fue sumamente aquiescente con los intereses de los grandes centros económicos y políticos de Brasil. Incluso, las giras internacionales de Lula como Presidente sirvieron para promover los intereses económicos de empresas brasileñas en todo el mundo.

Además, según lo presentado en los juicios contra Lula y su gobierno, la compra-venta de favores y beneficios fue tan extensa que todas las corrientes ideológicas se beneficiaron de su generosidad. Es decir, la Presidencia de Lula no fue uno de sectarismo izquierdista, sino de generosidad pluripartidista con el erario público. Todo esto para decir que no se entiende el argumento del complot en contra de Lula cuando él fue tan generoso con todas las corrientes políticas y las ramas de la industria y el comercio de su país.

Si la película de Netflix sobre este episodio de la historia de Brasil tiene alguna veracidad, lo que se estableció en ese periodo fue un novedoso mecanismo para mover enormes sumas de dinero del erario público y privado hacia intereses particulares y políticos. Se demostró que absolutamente todos los actores políticos estaban involucrados en el proceso, aunque a algunos de ellos no se les ha comprobado legalmente su involucramiento, como la ex Presidenta Rouseff.

La pregunta que queda es: ¿la corrupción genera gobernabilidad? Dicho de otra manera, ¿es el único instrumento a disposición de los gobernantes para poder alcanzar acuerdos y mover la pesada maquinaria legislativa para la toma de decisiones? Porque lo que se puede entender de esta circunstancia es que un país como Brasil sólo puede ser gobernado si los gobernantes en turno pueden echar mano del erario público para acordar con sus opositores.

Las instituciones democráticas-elecciones libres, idearios partidistas, visibilidad de líderes y una prensa crítica-debieran mostrarse suficientes y adecuados para la tarea. Pero el caso de Brasil nos dice que, aún con la corrupción institucionalizada, no se logra asegurar la gobernabilidad.

¿La razón? Los pueblos se sienten profundamente agraviados por la corrupción de sus gobernantes. Los ejemplos de abusos del poder se expanden en el imaginario popular. En México este es el caso. La corrupción ha servido para corromper a las personas y, peor, a las instituciones. Por esa razón, defender a Lula no le sirve a nadie, por defender lo indefendible y lo más reprobado de nuestra propia historia: los gobernantes que se enriquecen tras sus gestiones en el poder.

@rpascoep

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Ricardo Pascoe

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