La democracia para unos cuantos

La democracia para unos cuantos

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17-04-2017

La democracia es, cada vez más en el mundo occidental, un ejercicio de adjetivos, matices, reglas inventadas, exageraciones. A la desaparición de la Unión Soviética, y la aparición de una nueva Rusia zarista, la “democracia liberal y representativa” se apoderó del planeta. Francia Fukuyama, de origen estadounidense, lo empezó por adjetivar: el fin de la historia, donde Estados Unidos y su modelo de gobierno ganó la partida.

Mezcló perfectamente esta nueva victoria moral, política y económica sobre el comunismo, el anticristo y la oscuridad con la vieja idea del Destino Manifiesto de Estados Unidos. La democracia liberal y representativa obviamente llegó para dominar la tierra: así lo calificaba Fukuyama. Y auguraba el inicio de una época de conflictos basados en diferendos religiosos, “no-ideológicos”.

Giovanni Sartori fue un pensador proveniente de la misma corriente de pensamiento, pero desde Europa. Teórico de la democracia liberal, al igual que Fukuyama, Sartori abordó el problema del Islam así: “…desde 630 d.c. la Historia no recuerda casos en los que la integración de musulmanes al interior de sociedades no-islámicas haya resultado.” Es absurdo ilusionarse, dice, “con que se puede integrar pacíficamente una amplia comunidad musulmana-fiel a un monoteísmo teocrático que no acepta distinguir entre el poder político y el religioso-con la sociedad occidental democrática. Sobre este equívoco se ha desencadenado la guerra en la que estamos inmersos”. Sartori dio un paso adelante de Fukuyama y declaró la guerra religiosa contra Islam, en defensa de la democracia representativa liberal y desdeñando a la izquierda sin cabeza.

El monoteísmo cristiano establece leyes, normas y reglas sobre la familia, la sexualidad, los derechos de género y la economía, igual que el monoteísmo islámico. Hoy es cierto que Occidente aparece como más moderado, lo cual resulta curioso después de la lluvia de bombas que ha hecho caer sobre las sociedades de Medio Oriente y Asia.

La lucha por demostrar la superioridad de un monoteísmo sobre otro ha sido fuente de guerras,  primero del judaísmo, después el cristianismo y, finalmente, el islam. Las tres religiones tienen fuentes inspiradoras en común, por lo que sus odios y rencores tienen que ver, también, con competencias originarias sobre las interpretaciones correctas de sus sagradas escrituras. Tan feroz es la competencia sobre las interpretaciones que también han incentivado guerras internas, entre los mismos judíos, cristianos y musulmanes. El gran peligro para la humanidad no es ser judío, cristiano o musulmán, sino el concepto del mismo monoteísmo que, por su propia naturaleza excluyente, genera radicalismos que enferman a sociedades enteras. 

El politeísmo simboliza de otra manera, creando múltiples dioses encargados de las distintas áreas de la existencia humana, eliminando la necesidad del último juez feroz que todo lo debe calificar. Esa visión maniquea de la vida sólo contribuye a enardecer pasiones, a enfrentar las interpretaciones buenas con las malas y, en última instancia, justifica las guerras, el terrorismo, la lluvia de bombas, las muertes inútiles.

Las sociedades politeístas pueden recurrir a múltiples símbolos para darle sentido a sus interacciones sociales y desviar sus conflictos a la interrelación entre dioses. Hubiera sido importante que pensadores como Fukuyama y Sartori pudieran haber salido de sus cavernas y símbolos en las paredes para ver un mundo diverso y, desde ahí, plantear esquemas donde la democracia pudiera servir para todos, y no sólo para unos cuantos.      

@rpascoep

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Ricardo Pascoe

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