Por qué anularé mi voto

Por qué anularé mi voto

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26-06-2018

Nos encontramos a unos días de la elección presidencial, elegiremos a quien nos gobernará los próximos 6 años. No es una decisión menor. Una elección debería de ser una fiesta democrática, en donde, como ciudadanos, podamos contrastar las propuestas de los candidatos y los resultados de sus trayectorias. Sin embargo, no es así: la campaña nos ha mostrado que es mejor descalificar y polarizar; que los personajes indeseables se encuentran en todos los partidos y que las prácticas de clientelismo, que tanto se critican, las realizan todos por igual; y que es más fácil hacer promesas imposibles, en lugar de propuestas realizables.

Los principales candidatos hicieron de la campaña una subasta para ver quien ofrece más. Sí un candidato ofrece duplicar la pensión a adultos mayores, el otro prometo triplicarla. Sí un candidato ofrece bajar el IVA al 10%, el otro promete hacerlo al 8%. Sí uno promete construir 100 escuelas, otro promete construir 200. Así es como todos los candidatos han vendido ilusiones a cambio de los votos que obtendrán el 1 de julio. 

En todas las plataformas de las diferentes coaliciones se ofrece un aumento considerable al gasto público. Más gasto en educación, salud, infraestructura, ciencia y tecnología y así en cualquier rubro. ¡Qué bien! El problema es que no se dice cómo se piensa lograr ese gasto estrepitoso. ¿Más impuestos? No, por el contrario, prometen reducción de impuestos también. Se propone, en todas las plataformas, ahorros para lograr lo prometido (sea vía reducción del gasto corriente o la eliminación de la corrupción). El margen para lograr los ahorros es muy poco y por supuesto no alcanzaría para todo lo prometido. 

Las campañas generan un grado tal de efervescencia que poco importa la planeación de las propuestas, lo importante es lo que la gente quiere escuchar. Se crea la ilusión de que, al llegar a la presidencia, todo será posible. Cualquiera que sepa sumas y restas se dará cuenta que los números no cuadran.

Es así como la calidad de nuestros políticos es muy baja. Y es así porque ellos así lo han querido. Las reglas del juego están hechas para que grupos de interés se perpetúen en el poder. La apertura política ha sido muy lenta y se ve poco probable cambiar esta situación. 

Los partidos deberían de ser promotores de visiones de nación donde los ciudadanos puedan participar y opinar. Sin embargo, se convirtieron en grupos de oligarcas que pretenden defender los derechos de sus simpatizantes y que cerraron los espacios de participación y discusión. Los partidos se convirtieron en negocio para unos cuantos, un negocio muy rentable. Obtener votos significa obtener prepuesto público, pero también significa repartir espacios de representación. Son agencias electoreras que reparten candidaturas al mejor postor y les pagamos para que lo hagan. Pasa en todos los partidos. 

Reconozco que hay algunas personas valiosas dentro de todos los partidos. Sin embargo, el escenario aquí planteado es el común denominador de nuestro sistema político. Bajo este contexto es muy difícil coincidir con las propuestas que vimos en campaña. Muchas personas votarán por que están cansados de tanta corrupción, porque están hartos de la inseguridad o porque ven que su ingreso disminuye con el tiempo. Salvo quienes participan activamente en las campañas, que son los menos, la mayoría de la gente votará en contra de la situación actual, pero serán pocos quienes voten convencidos de que “su” candidato logrará una diferencia. 

No se vota porque confíen en el candidato, se vota porque desconfían de los demás. No se vota por el mejor candidato, se vota por el menos peor. Esa es la constante de esta elección. 

Por las razones aquí expuestas es que ANULARÉ MI VOTO. Me gustaría votar porque estoy convencido de una plataforma, porque las propuestas de una coalición me representan. Me gustaría poder elegir al mejor candidato, no al menos peor de una pequeña terna de muy mala calidad. 

Iré a votar porque quiero participar. Pero anularé mi voto como muestra de inconformidad hacia todos los candidatos y sus partidos, esperando que nuestro sistema político mejore, aunque sea al paso de tortuga que llevamos. Sé que mi voto es sólo una estadística, no tiene alguna consecuencia jurídica. No importa. Me niego a entregar mi voto a alguien que no me convence. 

Finalmente, cierro este artículo diciendo que NO es una invitación a nadie para que haga lo mismo. Salgan a votar libremente por quien crean es lo más conveniente para el país. Esto simplemente es una reflexión personal y les recuerdo: ANULAR TAMBIÉN ES VOTAR. 

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Omar Ovalle

Especialista en Economía y Finanzas