Éxodo migrante: reconocerse en el otro

  • Éxodo migrante: reconocerse en el otro

    Foto: Internet

La historia de Jair Zamorano se puede contar para atrás, pero prefiere que se cuente para adelante, para lo que viene. Deja atrás la Ciudad de México, como dejó atrás Honduras, Guatemala, Chiapas, Veracruz, Puebla y el Estado de México. “Viene lo más duro, pero vamos pa’ delante, no pa´ atrás”.

Jair tiene el sino de la desgracia en sus ojos, en su rostro de niño, carcomido en la zona de las mejillas por las cicatrices del implacable acné de la adolescencia.

“Ya no hay marcha atrás”, dice con un nudo en la garganta el migrante hondureño de 19 años. Está a 1,857 kilómetros de su país, de su madre, de su tierra y sol catrachos, de su casa, del barrio, ese donde hace unos años las maras asesinaron a una hermana tres años menor que él y a un hermano un año mayor.

 

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A Malena y a Carlos, sus hermanos, los lleva en una desvencijada cartera de imitación de cuero. Las fotografías son las de dos muchachitos con la misma mirada de Jair: transparente, libre, esperanzadora.

La sonrisa también es una calca de la del hermano “de en medio”, ese que hace unos días determinó abandonar un recodo del infierno centroamericano, la región olvidada, la vilipendiada por siglos, la que sirvió de portaaviones al imperio estadounidense para cometer los peores genocidios de la era contemporánea, en Guatemala, en El Salvador, en Nicaragua, en Honduras.

Y hacia allá va Jair, hacia esa “tierra prometida” que está más allá del Río Bravo, que se extiende hacia el norte con injusticias, con racismo, con atropellos, con persecución y cárcel, con deportaciones y humillación, con bardas y cercas de púas de acero, con bloques de concreto y sueños, muchos sueños.

Al hombro lleva una ligera mochila viajera para lo necesario. En el camino ha recolectado las piezas necesarias del rompecabezas de un adolescente que descubrió muy pronto –por circunstancias ajenas—una realidad injusta, profundamente injusta en un mundo lleno de injusticias.

Jair es delgado hasta los huesos. Es un muchachito de hombros caídos y cráneo ovalado; de pestañas grandes y cejas tupidas; de aroma a humedad seca, a tierra y agua salada, a polvo y tempestad.

Hubiera querido quedarse unos pocos días más en la Ciudad de México, esa que milenariamente se nutrió de migrantes; esa urbe que recibió a miles de españoles en la década de los treinta; a miles de argentinos, chilenos, brasileños, paraguayos, uruguayos, colombianos, peruanos, venezolanos, bolivianos, durante las feroces dictaduras en el Cono Sur a lo largo de la segunda mitad del Siglo XX; a los cientos de centroamericanos de las interminables guerras civiles en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado.

Jair hubiera querido quedarse unos días más en la metrópoli para conocer el Estadio Azteca y ver al equipo de sus amores, el América; o para ir a un concierto de Caifanes, su grupo favorito.

Jair hubiera querido quedarse unos días más en la ciudad que dio asilo a Gabriel García Márquez, a León Trotsky, a Luis Buñuel, a Leonora Carrington, a Max Aub, a Luis Cernuda, a María Zambrano, a Elena Poniatowska, a Luis Villoro, y a miles y miles de peregrinos que determinaron dejar de ser nómadas en este altiplano, en este ombligo de la luna.

Muchos de los jóvenes centroamericanos que avanzan en un éxodo desgarrador hacia la frontera norte de México todavía no nacían en 1982, cuando sus países se desangraban en guerras civiles (El Salvador, Guatemala y Nicaragua), o servían de campos de entrenamiento para grupos paramilitares, contras, grupos de choque, guardias blancas o mercenarios de todo tipo (Honduras).

Ellos son los hijos o los nietos de esas guerras que desolaron la región, las que profundizaron la pobreza, la marginación, las injusticias, las vejaciones y la muerte bajo la supuesta bandera de la democracia.

Lo que sí recuerda la mayoría de los muchachos de ese año, sobre todo los catrachos y salvadoreños, son las hazañas de sus selectas al haber clasificado al Mundial de España, dejando a un lado al eterno rival, al invencible, al “gigante”, al deportivamente odiado México.

Jorge “Mágico” González, ese irreverente greñudo de calcetas a los tobillos y humores etílicos, a quien el mismísimo Diego Armando Maradona consideró como “el mejor jugador del mundo”, es recordado profundamente por los salvadoreños. Los hondureños llevan en la mente y en el corazón los nombres de Gilberto Yearwood, Porfirio Armando Betancourt y Ramón “Primitivo” Madariaga.

Ambas naciones protagonizaron también, en junio de 1969, la “guerra de las cien horas”, la “guerra de legítima defensa” o la “guerra del futbol”, como la nombró el maestro polaco de periodismo, Ryszard Kapuściński. Pero esa es otra historia.

San Pedro Sula es la segunda ciudad más grande y poblada de Honduras, después de su capital, Tegucigalpa. Se encuentra a pocos kilómetros de la frontera con Guatemala y del litoral del Caribe. Magda Maldonado cumplía los 18 años en el año 2000 y tenía un bebé de ocho meses con el mismo nombre de su padre, Erwin. Recuerda, con un tono de voz potente, que en esa época las maras ya comenzaban a tener el control de la ciudad que fue fundada, en 1536, con el nombre de San Pedro de Puerto Caballos.

“Fue una epidemia que se extendió por todo el país sin que los gobiernos hicieran nada, porque a final de cuentas esos grupos les eran funcionales en sus carreras políticas”.

Magda tomó una de las decisiones más duras de su vida entre la tarde del 14 de octubre y la noche del 15. Erwin, Mayela y Karol la animaron a emprender una ruta llena de incógnitas y riesgos. No había de otra. El hijo mayor había sufrido una golpiza brutal de los pandilleros el año pasado, pero eso no paró ahí. Las amenazas siguieron en la escuela, en el barrio, en la calle y luego con mensajes al teléfono móvil, aunque éstas ya no eran sólo para él, sino para sus hermanas y su madre.

La familia Pescador Maldonado se pulverizó en 2011. Erwin padre abordó un automóvil una nublada mañana de junio de ese año, acompañado de otros cuatro hombres y dos “coyotes”, con rumbo a la frontera de Guatemala con México. Desde ese día Magda y sus tres hijos no lo han vuelto a ver, sólo en fotografías y videollamadas. Desde Phoenix, Arizona, Erwin envía puntualmente, semana tras semana, unos dólares que habían mantenido una cierta estabilidad en la casita del barrio de Lempira Linares, en San Pedro Sula.

Pero ni ese dinero estadounidense, ni las lempiras que ganaba Magda en su trabajo de educadora en una guardería privada para niños, fueron suficientes para la tranquilidad. Hoy, en Honduras, ese dinero no es más que carnada para atraer al crimen, para el chantaje y la amenaza; es un imán que llama a los pandilleros para regodearse con ruindades, con la barbarie, con el banquete fácil, con el banquete de sangre.

“No se puede hacer nada porque la policía está con ellos, el juez está con ellos, el alcalde está con ellos; el gobernador, el diputado y el presidente forman parte de ellos. Mi país es hoy cementerio, cárcel y campo de concentración, es una mezcla entre el infierno, una guerra entre ciegos y un carnaval de muerte”, dice Magda abrazando a Mayela.

Erwin hijo y Karol observan a su madre en silencio. Ella es la comandanta en esta misión. Lo ha sido siempre. El enorme bullicio de miles de compatriotas hondureños y centroamericanos en el Deportivo Magdalena Mixhuca –no distrae a la familia Pescador Maldonado.

“Nosotros seguimos. Allá ya no se puede”, corta Magda Maldonado, una mujer espigada, alta, con una noche cerrada en el color de su cabello, con un mentón firme y esbelto, de una mirada penetrante y nostálgica. Lo dice con la seguridad que sólo cabe en una madre que protege a los hijos, que cuida a la manada con su propia vida.

El éxodo de migrantes, el primer bloque de cuatro caravanas, avanza tenue y colorido hacia el norte. Pasaron por las Torres de Satélite, esa supuesta ciudad que pretendía ser modernista y que se pobló precisamente de millones de historias de migrantes.

El camino es aún largo. Unos doblarán en Querétaro o San Luis Potosí hacia Tamaulipas, Nuevo León o Coahuila, los que intentarán cruzar una frontera militarizada por soldados estadounidenses hacia el territorio de Texas; otros tomarán la ruta de Chihuahua o Sonora, para buscar alcanzar los estados de Nuevo México o Arizona, y otros más enfilarán hasta Tijuana, para buscar el paso a California.

Cada metro es una hazaña en este andar, a pesar de las manifestaciones de odio, de racismo, de xenofobia, de clasismo y de ignorancia en una parte de la población mexicana. “Nos vamos en paz y profundamente agradecidos”, comentan mujeres y hombres que sólo estuvieron de paso por una ciudad solidaria entre sus millones de individualidades.

Ser migrante no es un delito, porque de ser así sencillamente esta ciudad no existiría.

El 19 de octubre, cuando la primera caravana migrante de centroamericanos estaba estacionada en la ciudad de Tecún Umán, Guatemala, y elementos de la Policía Federal intentan detenerlos con gases lacrimógenos, golpes y toletazos, la parte más ruin, xenófoba, racista e ignorante de un sector de la población mexicana sale a flote:

“@EPN Señor presidente que imagen da nuestro gobierno con la ineptitud de las autoridades con la caravana de migrantes. se van a quedar en mexico y si no pueden con la pobreza en nuestro pais. AUMENTARA la violencia haga algo y que respeten los acuerdos y tratados” (sic), escribe ZARAGOZA&ASOCIADOS en su cuenta de Twitter.

“Si el gobierno en turno no hace las cosas con orden y da paso a centroamericanos solo con visa se estará permitiendo la entrada de delincuentes que vienen infiltrados en la caravana. Gente que de inmediato comenzará a delinquir y posiblemente trabajar para el crimen organizado” (sic), anotó el usuario El Patasalada.

“Nosotros los mexicas primero debemos resolver nuestros propios problemas, qué porcentaje de esa caravana traen buenas intenciones, usted le daría asilo en su casa a uno. Es mi opinión” (sic), apunta en esa misma red social el usuario Roberto Ruiz Perez (sic).

“Haz patria y mata a un migrante sudaca”, decía otro mensaje de odio en Twitter.

Entre Jair Zamorano y Wilbert Pascual decidieron comprar un teléfono celular y será compartido. Acordaron hacerlo hasta que llegaran a la Ciudad de México.

Es un aparato sencillo, adquirido en un Oxxo, que sólo será ocupado para mandar mensajes de texto y hacer pocas llamadas, las necesarias, a sus madres y, ¿por qué no?, a las novias, a las que les prometieron volver.

“Sí extraño a mi niña, la verdad es que sí”, dice Wilbert y por unos segundos se borra la hermosa sonrisa en su rostro… sus ojos de búho se tornan un poco más brillosos.

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