Los niños migrantes que huyen de violencia

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Fuente: 
Portal "The Exodo"
23-04-2018

Guadalajara, Jalisco.- Pedro, de 14 años, es hondureño. Hasta hace seis meses era feliz en Tegucigalpa. Cursaba tercero de secundaria y tenía su primera novia. Hasta que un grupo de pandilleros empezó a acosar a la niña y Pedro no dudó en defenderla y advertirles envalentonado y con obviamente con una mentira que formaba parte de una pandilla rival.

Eso marcó su sentencia de muerte. Un día saliendo de la escuela lo corretearon y balacearon. Afortunadamente logró llegar a su casa ileso. Desde entonces estuvo por semanas escondido mientras los pandilleros rondaban su barrio.

Sus padres tuvieron que sacarlo oculto en la cajuela de un taxi y así empezó su travesía hacia Estados Unidos.

 

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Pedro está triste. Casi no habla. Sabe que tal vez nunca regrese a Honduras, ni nunca volverá a ver a su novia. Si es deportado desde México o Estados Unidos, su suerte ya está marcada. Es una sentencia de muerte por parte de los pandilleros.

“Vendimos lo poco que teníamos, deje mi trabajo en un supermercado. Mi esposa trabajaba limpiando casas en una zona residencial. No estaba en nuestros planes subir a Estados Unidos. Pero qué más hacemos. Quedarnos en Honduras era sólo para asistir al funeral de mi hijo. En el viaje hay muchos peligros. Sabemos que será difícil que Donald Trump nos acepte en Estados Unidos, pero no nos queda otra que arriesgarnos”, señala Armando, de 43 años y  padre de Pedro.

El niño salvadoreño que sueña ser policía de Nueva York

Regordete, Moreno, pelo crespo, con una gran sonrisa. Es Marcos, un niño salvadoreño que desde hace tres meses salió de su país y quien ha cruzado varias fronteras, se ha montado en autobuses, trenes, pangas y ha caminado miles de kilómetros junto con sus padres y su hermano menor para llegar a Estados Unidos.

El es parte de los más de cien niños que forman parte del “Viacrucis Migrante 2018” y que viajan en el tren llamado “La Bestia” para cruzar por México y que esta semana se espera arriben a Mexicali en espera de entregarse a las autoridades migratorias y solicitar asilo al gobierno de Donald Trump.

Salió prácticamente huyendo de su barrio en San Salvador donde cada noche el retumbar de las ráfagas de balas le hizo perder la cuenta de las personas que murieron en el último año. “Es difícil y peligroso vivir ahí por las pandillas y los delincuentes”, dice Marcos quien cursaba en quinto grado de primaria.

“Ahí donde vivíamos nosotros cada ratito eran muertes, cosas así de violencia, que mataban por nada a las personas, a los muchachos. Yo ya no podía salir en las tardes o en la noche de mi casa. Es muy peligroso”.

“Cada ratito balaceras, funerales y lo peor es que a un amigo lo golpeó la policía. Es chico, como de 12 años y la policía lo confundió con un pandillero”.

Marcos se acaba de bajar del tren conocido como “La Bestia” en Guadalajara. De aquí seguirá en un autobús a Mexicali o Tijuana. “Estoy viajando con mi mamá Elena y mi papá que se llama Josué y mi hermano de cinco años que se llama Giovanni”.

“Quiero llegar a Estados Unidos y vivir en Nueva York. Me gustaría estudiar allá y ser policía. Me gusta lo que pasan en televisión de Estados Unidos, los parques, la comida, que uno puede salir a las calles a jugar y no hay peligro de morir”.

“También me gusta México. El viaje por México me ha gustado. Nos han tratado bien. Me gusta la comida, los parques, la forma en que nos han recibido. Me gustó la Villa de Guadalupe y ahí le pedí a la Virgen que lleguemos con bien a Estados Unidos”.

En El Salvador su papá fue amenazado por pandilleros quienes le cobraban derecho de piso por repartir pizza en una moto. Su madre vendía pollo en un puesto callejero.

El lado amable de “La Bestia”  

Catherine, de 11 años, guatemalteca, acaba de bajar del lomo de “La Bestia”. Es más de un mes viajando por Centroamérica y México. Un viaje difícil, peligroso, muy extenuante, más cuando se va sentado entre desperdicio industrial, a 50 grados en laminas que queman y cortan, con frío congelante por la noche.

Sonriente, en un parque de Guadalajara, un grupo de voluntarios les pidió a los niños migrantes que viajan en “La Bestia” dibujar lo que sentían, lo que más les había gustado de esta travesía que continuará hasta Mexicali.

“Nosotros dibujamos el tren con las personas. Me gustó como íbamos trepados. No me dio miedo porque yo iba confiando en Dios”. En su dibujo se muestran tres vagones donde van las madres migrantes con sus hijos, una cruz al frente, el maquinista y personas que les van arrojando comida a un lado de las vías. Atrás se ve una casa abandonada que significa Honduras, El Salvador o Guatemala.

La niña guatemalteca viaja con sus tres hermanos menores, su madre y su abuela. Su sueño es llegar a California para estudiar y graduarse como abogada. Quiere ayudar a otros migrantes. Adelante le quedan como a este centenar de niños todavía miles de kilómetros hasta la frontera norte y lo más difícil: La garita donde buscarán entregarse las autoridades migratorias de Estados Unidos para solicitar asilo.

El camino inmediato para estos menores y sus familias será un centro de detención donde podrían estar meses encerrados, incluso separados de sus padres o la deportación inmediata a México o sus países en Centroamérica.

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