Devoción con amor eterno...hasta siempre...Juan Gabriel

  • Devoción con amor eterno...hasta siempre...Juan Gabriel

    Foto: MNE

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Miles de fieles se dieron cita este inolvidable 5 de septiembre para rendirle homenaje y darle el último adiós a Juan Gabriel, la nueva leyenda de la música popular mexicana.

 

Desde temprana hora, como si fuera peregrinación a la Basílica de Guadalupe, los devotos de “San Juan Gabriel Arcángel” –como ya comienza a decirle la conseja popular- comenzaron a hacer fila para ingresar al Palacio de Bellas Artes a rendirle honores, arrojarle una flor, y por qué no, hasta derramar lágrimas.

Amas de casa, oficinistas, desempleados, abuelas y abuelos, nietos, niños de brazo, queridas y queridos esperaban pacientes la llegada de los restos del cantautor michoacano que, luego de estar en su querida Ciudad Juárez, de nueva cuenta regresaban a Bellas Artes, donde se consagró como el ídolo del pueblo que ya es, allá por 1990.

 

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La gente mataba el tiempo con vivas y porras al nacido en Páracuaro, Michoacán, los más aventados cantaban a capela sus canciones, “desgarrándose la garganta” como el mismísimo “San Carlos Monsiváis” dijera alguna vez del Divo de Juárez. “Pero qué necesidad”, “No tengo dinero”, “El Noa-Noa”, “Te sigo amando”” eran algunas de las muchas canciones que interpretaba el público de forma espontánea.

Los más preparados que viven de imitar al creador de “Amor eterno” ponían las pistas de las canciones de Juanga en una grabadora de pilas y con micrófono en mano se encargaban de amenizar el momento, al grado, incluso, de hacer llorar a una que otra abuelita.

Más porras, pancartas, y gritos de “Juan ‘Grabiel’ eres eterno”; “Juanga, por qué te fuiste”; “Juanito, hijo mío, no te vamos a olvidar”, salían de las cientos de almas abatidas por la muerte de su ídolo, pero, al mismo tiempo, con el carácter festivo de quien vivió y murió para el espectáculo.

La hora indicada por las autoridades para recibir las cenizas de Juan Gabriel se acercaba y el “Señor Sol” que apenas se había asomado unos minutos para verificar cuánta gente había asistido al homenaje de su cantante favorito volvió a esconderse para que la gente no lo viera llorar.

En cambio las nubes que merodeaban sobre la zona centro de la Ciudad de México se movían lentamente, como adormecidas también por la noticia de que había muerto el “Divo de Juárez”, por supuesto que cuando llegaran las cenizas llorarían por él, pero no’más tantito; no echarían a perder la tarde.

Adentro del palacio de Bellas Artes, llegaba poco a poco la clase política (siempre oportunista en este tipo de situaciones), algunos intelectuales y los artistas que habrían de rendir los honores con su canto como Fernando de la Mora, Aida Cuevas, La Sonora Santanera, Ana Gabriel, entre otros.

Afuera, el jolgorio y la algarabía popular, esa a la que le cantó el buen Juanga, una clase popular que se sabe casi todas sus canciones y es fiel hasta la muerte. 

La prueba era más que evidente. El festejo, el homenaje no era adentro, estaba en la calle.

Solo la omnipresencia de Juan Gabriel podría cubrir todo el espacio, los simples mortales nos teníamos que conformar con un lugar en la historia: o nos formábamos para entrar a la hora que las cenizas reposaran en el vestíbulo del Palacio o nos arrejuntábamos en las vallas para ver pasar la carroza con los restos, aunque sea unos segundos. 

Los verdaderos devotos optaron por las dos opciones, aunque les fuera la noche en ello.

Como lo prometieron, las nubes solo lloraron un poco y eso lo hicieron porque la espera se prolongaba y las cenizas nada que aparecían. 

Sobre el Eje Central- antes llamado como el “Dívo”, San Juan de Letrán-  se alcanzaba a ver a la gente que se juntaba en las paralelas hasta la avenida Izazaga, allá donde era el Salto del Agua.

En punto de las 16:20 horas, llegó por fin la carroza con las Cenizas de Juan Gabriel y el júbilo y la tristeza se hermanaba para abrazar (metafóricamente hablando) al nuevo ídolo de México. 

De nueva cuenta las canciones de Juanga, las porras y los gritos invadían el espacio etéreo y con más enjundia salían las notas de los roncos y agudos pechos de hombres y mujeres, quienes no podían esconder la emoción que los embargaba, casi al borde de la catarsis.

Una vez ingresado el vehículo al Palacio de Bellas Artes y haber puesto la urna con sus cenizas al centro del mismo, el acto protocolario iniciaba con el canto de Fernando de la Mora que arrancó los aplausos del respetable.

La gente comenzó a avanzar lo más rápido posible, pero la fila interminable que abarcaba toda la Alameda Central auguraba no terminarse durante toda la noche, porque, aunque estuviera por ver su fin, la gente seguiría llegando: “Nos levantamos a las cinco de la mañana y nos venimos a formar”, le decía el esposo a la esposa.

Y sin Juan Gabriel estuviera vivo, seguramente diría: “No me voy de Bellas Artes hasta que ya no venga nadie a despedirse de mí”, como decía de sus conciertos.

De nuevo, afuera, la gente abarrotaba la avenida Juárez (todo está conectado) para tomar fotos y llevarse uno de los cientos de “souvenires” que ya ofertaban a diestra y siniestra los vendedores ambulantes: playeras, paliacates, fotos, discos, banderines, posters, llaveros, encendedores y un sinfín de artilugios con la imagen del gran Juan Gabriel.

Ah, no podían faltar los políticos oportunistas de afuera, esos que no estuvieron invitados, ahí andaba “Juanito de Iztapalapa” repartiendo tarjetas y tomándose la foto del recuerdo con quien se dejara, en fin.

La verbena seguía en la explanada con los dobles de Juan Gabriel deleitando de forma gratuita a los asistentes; en el vestíbulo de Bellas Artes, los cantantes de renombre interpretando al “Divo”; en la urna, las cenizas de “San Juan Gabriel” y en el cielo, Él, viéndolo todo, con amor eterno.

 

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