"Las niñas bien", defendiendo las apariencias como perro

  • "Las niñas bien", defendiendo las apariencias como perro

    Foto: Internet

De la misma manera que el personaje de Sofía (Ilse Salas, sobresaliente), en la secuencia inicial de "Las niñas Bien", se prepara minuciosamente para recibir a los invitados a su fiesta de cumpleaños, donde hasta el más mínimo detalle de su apariencia importa: el vestido comprado en Nueva York, los zapatos, los aretes, el peinado y el maquillaje, así intuimos que la directora de este filme, Alejandra Márquez Abella, preparó su segundo largometraje de ficción que, a diferencia de la protagonista, no sólo se empeñó en cumplir con la forma, sino que el fondo resultó todavía más rico.

Basada en los personajes de la escritora Guadalupe Loaeza, la película es un retrato crítico de una clase social alta en el México de los primeros años de la década de los ochenta cuando la devaluación del peso y la fuga de dólares en el ocaso del gobierno de José López Por-pillo, perdón, Portillo causó una crisis que aún seguimos padeciendo, la cual también afectó a las familias pudientes de la capital que vieron mermados su privilegios, si no de manera drástica y permanente, sí como una sacudida importante a sus egos y sus bolsillos.

Esta debacle es presentada por Alejandra Márquez a través de los verdes ojos de Sofía y su círculo de amigas, quienes se reúnen todas las mañanas en el club para matar el tiempo de sobra jugando tenis y tomando el cafecito.

 

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Hasta antes de la caída del negocio del marido, Sofía vivía (disculpen lo cacofónico) en un mundo ideal, el sueño de la princesa hecho realidad, una pompa de jabón que le impedía ver a su alrededor y cuando ésta se revienta, los fragmentos la lastiman a tal trago que la relación de pareja se resquebraja y la unión familiar se compromete.

Por un lado, Márquez Abella nos muestra el descenso pausado a los infiernos de la miseria económica y humana de Sofía y las personas que la rodean, y por otro, nos recuerda que como sociedad poco hemos cambiado en relación con aquellos años, pues aunque presumamos de ser más democráticos aún padecemos la eterna lucha de clases entre ricos y pobres, "yupis" y "jodidos", "chairos" y "mirreyes" o "fifis"; siempre un apodo adecuado para descalificar y discriminar al otro, aun en el discurso oficial.

Y aunque en "Las niñas bien" la crítica se centre en la clase alta de Sofía, de cierta manera porque se lo han ganado por su evidente desprecio al que huele a pobre o tiene la facha de nacional ("no se junten con mexicanos", les dice Sofía a sus hijos que se van de campamento al extranjero), lo cierto es que Alejandra Márquez equilibra la situación en su narrativa y no etiqueta, ni condena con dedo flamígero a su sujeto de estudio, a pesar de la dura crítica que hace de los comportamientos de esta clase privilegiada

Tampoco es benevolente o maternalista con los de abajo, pues su película está más allá de los estereotipos que como cinéfilos nos formamos con películas como "Nosotros los pobres" o "Ustedes los ricos".

Esto lo consigue al poner en el centro de su discurso a Sofia, quien, conforme avanza la tormenta del infortunio, involunciona poco a poco en esa lucha por mantener las apariencias, misma que se convierte en el leitmotiv del personaje que, si bien no se gana nuestra simpatía como Bárbara o Javi en "Nosotros los nobles", tampoco nos alegramos de su desgracia, porque Márquez logra que la veamos como una víctima de sus propias circunstancias, de su propia soberbia y de su propia necedad que raya en lo épico, como si dijera: defenderé las apariencias como perro, parafraseando al insigne presidente en cuestión.

En este sentido, son elecuentes las miradas de desprecio que tiene Sofia para con el otro que no está a su "altura", aunque en el fondo ella y nosotros sepamos que sólo es la fachada que mantiene en pie un cuerpo devastado que, hacia el final de la película termina por derrumbarse, pero, paradójicamente, encuentra la liberación cuando las apariencias ya no importan y un ladrido se convierte en ese símbolo de libertad.

"Las niñas bien" es un filme indispensable en nuestra cinematografía, pues si bien hace una crítica férrea y al mismo tiempo muy fina de una clase social que aún sigue mirándonos por encima del hombro, el tono que le da Alejandra Márquez y desde el punto de vista femenino que lo hace, resulta refrescante, pues el cine mexicano suele recurrir a la sátira o la comedia (vehículos importantes y esenciales) para cuestionar aspectos de la sociedad en que vivimos, la cinta viene a decirnos que también hay otras vías para llegar al objetivo.

Y si en "Nosotros los nobles" nos reímos y nos alegramos que los mirreyes vivieran en carne propia la pobreza, en "Las niñas bien" nos queda el sabor agridulce que se disfruta también de que en esta vida nada es para siempre y que si un día estás arriba, al otro puedes estar abajo y viceversa. 

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