"Beautiful boy: siempre serás mi hijo", la recaída del estereotipo

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    Foto: Internet

Abordar el tema de la adicción a las drogas en el cine, siempre será una tarea arriesgada, pues el abismo que la divide de lo banal y ligero con un destino seguro a lo moralizante y manipulador, así como el lado oscuro que explora en la psicodelia y puede terminar en apología y, de cierta manera, también en un discurso aleccionador es un precipicio en el que se puede caer con facilidad.

De la misma manera en que es complicado tratar las adicciones en la vida real, lo es en la ficción, a pesar de que la obra fílmica esté basada en hecho reales como es el caso de "Beautiful boy: siempre serás mi hijo", película del director Felix Van Groeningen en la que actúan Steve Carell y Timothée Chalamet.

Los hechos que se narran tienen que ver con la intensa lucha de un padre (Carell) con la adicción de su hijo (Chalamet), un joven universitario que, en apariencia, tiene todo en la vida para ser feliz y alcanzar el éxito profesional y económico: es guapo, blanco, educado, con dinero, un hogar más que acogedor y una linda familia, por lo que resulta difícil creer que un chico así tenga una enorme dependencia hacia las drogas duras, pensarían algunos.

 

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De entrada, el argumento nos lleva por los caminos del estereotipo al decirnos que a un chico bueno como este no tendría por qué estar sucediéndole semejante cosa. 

El error quizás tiene que ver con que el director se enfoque solamente en mostrarnos la bondad interior del protagonista y trate de encontrar explicaciones (sin la intención de mostrarlas) en lo individual y familiar y dejar de lado y no profundizar en el contexto social con el fin de evitar ese cliché que, hasta cierto punto podría tomarse como clasista. 

En la película se nota el enorme esfuerzo del cineasta Van Groeningen por evitar el discurso moralizante y prejuicioso y en buena parte de la cinta lo logra, pero se queda contenido a la hora de retratar el verdadero drama que suponemos padeció la familia y, como el personaje, recae para agarrarse de los estereotipos que le dan seguridad dentro de la narrativa.

Por ejemplo, mencionamos líneas arriba que cómo puede ser posible que alguien que lo tiene todo en la vida puede caer de esa forma en las garras de las drogas, y aunque esto pudiera ser cierto, el punto está, precisamente, en que el director pretende que seamos empáticos con alguien que no necesita de nuestra empatía, pues a éste no le falta nada.

Otro ejemplo de cómo el autor, en su afán de darle solidez a su historia, termina cayendo en los lugares comunes, es en el discurso extradiegético con una banda sonora que incluye a Nirvana, David Bowie y John Lennon, algo tan obvio como innecesario porque el resultado es una saturación en el lenguaje fílmico que le vuelve a quitar fuerza a la narración.

Sin embargo, si la película se sostiene aunque tambaleé por momentos, es por las más que cumplidoras actuaciones de Carell y Chalamet, quienes logran ceñirse a la piel de sus personajes y aunque no logren nuestra empatía al cien por ciento, sí logran conmover y sacudir la conciencia en ciertas partes, sobre todo si se es padre de un hijo adolescente o que está a punto de serlo.

Aunque en el contexto de nuestra realidad como mexicanos, tenemos más miedo de que nuestros hijos salgan a la calle y ya no regresen a que caigan en las adicciones.

En este sentido, la película le viene como bálsamo al discurso de Donald Trump en el sentido de que las drogas están "inundando" el país vecino y que están asesinando a sus jóvenes y como ya sabemos, este reclamo tiene como enemigo favorito a nuestro país y los migrantes.

Quizás ahí esté el punto en que la película no logra convencernos, ya que, el mal que aqueja a esta familia y al pobre hijo que cayó en las garras de la adicción, es culpa, sólo y nada más, de las malditas drogas que se encuentran con facilidad en las calles norteamericanas.

Felix Van Groeningen no explora más allá y aunque intenta encontrar una explicación a través del personaje del padre del chico, solamente se queda en el circulo familiar que, sin demeritar lo ya de por sí complicado del drama filial, no es suficiente para lograr una obra que al final de cuentas nos está diciendo, otra vez, que las drogas son malas y pueden destruirnos, algo que sabemos ya de entrada.

"Beautiful boy: siempre serás mi hijo" es un buen intento por explorar el mundo de las adicciones, pero en general no es una obra que llegue a trascender, pues, a pesar de quiere evitar los estereotipos del tema, cae en otros que tal vez no tenía previstos pero que son el resultado del tratamiento que le dio a una historia muy personal que, si no tenemos algo mejor qué hacer, vale la pena echarle un vistazo.

 

 

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