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"Roma", la memoria que trasciende

  • "Roma", la memoria que trasciende

    Foto: Internet 

Más allá de la premisa de que "Roma", de Alfonso Cuarón, es una película que honra a la mujeres de su niñez, que se contextualiza entre los años de 1970 y 1971 en una colonia o barrio que le da nombre a la película, donde vive una familia tradicional de clase media y que tiene como protagonista a Cleo (Yalitza Aparicio, magistralmente conmovedora), empleada doméstica de este hogar, el filme es un detallado caleidoscopio temático donde la memoria juega un papel preponderante.
"Roma" es una recreación de recuerdos que, como hormiga, poco a poco y detalle a detalle, va construyendo una pieza sólida de emociones, evocaciones y sentimientos encontrados con múltiples lecturas que a nadie deja indiferente, porque va de lo particular a lo general en tanto humanos que somos y que nos movemos en sociedad; es un mundo donde todo se abarca desde el microcosmos de Cleo.

Como dijera en una entrevista, Alfonso Cuarón trabajó este filme adentrándose en un pasillo lleno de puertas en su memoria, y conforme abría una, aparecían otras más y este ejercicio permitió ese caleidoscopio de temas que va desde el amor más puro de Cleo, hasta la crítica acérrima a un acontecimiento vergonzoso para la política mexicana: la masacre de estudiantes en el llamado "Halconazo", aquel jueves de Corpus de 1971.

Y entre estos dos polos, el del amor y la inocencia de Cleo y los niños que cuida, que son como sus hijos, y el del odio y el miedo de un sistema por la protesta de sus estudiantes, otros tópicos como el racismo, el machismo, el clasismo, el abandono, la entereza y la solidaridad femenina se mueven a lo largo y ancho del espacio y el tiempo fílmico.

 

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A pesar de esta multiplicidad temática, nada es fortuito en la película; todo está montado de tal manera que cada escena y cada secuencia tiene un significado específico y esto sucede de principio a fin, desde la primera secuencia donde Cleo lava el patio y en el reflejo del agua se ve un avión, Cuarón ya nos está comunicando algo, hasta el final de la película en donde la protagonista regresa de la playa sanada de su tragedia y con una conexión más profunda con la familia con quien trabaja, pero, aún así, tiene que seguir con su rutina como doméstica.

Cada objeto, cada acción y cada sonido adquiere un significado propio para el espectador de acuerdo a su experiencia, pero son las miradas y los silencios lo que más nos comunica y nos conmueve; cómo no doblar las manos ante la mirada de Cleo cuando su novio le hace una demostración de artes marciales en la intimidad de un cuarto de hotel, y cómo imaginar lo que esa demostración marcial significaría más adelante en la historia que se nos cuenta.

Pero no sólo las acciones y los momentos comunican cosas, Alfonso Cuarón se da el lujo de presentarlos como alegorías, logrando que el significado sea más profundo y perdure en la memoria, por ejemplo, el auto de la familia: un coche lujoso pero monstruoso que tanto al padre de familia como a Sofía (Marina de Tavira), la madre, les cuesta estacionarlo en el espacio destinado para tal fin y que tras el abandono de este hombre, la mujer, en un acto de desahogo, al estacionar el vehículo le da una santa abollada como si estuviera descargando su ira en contra del marido ausente.

Pero la metáfora no para ahí: una vez que Sofía acepta su destino y se asume como la cabeza de familia, vende el enorme auto y se compra una más compacto que cabe fácilmente en el garage de la casa lo que nos quiere decir que, a partir de ahora, la familia será más compacta y no necesitará del lujo y la riqueza del hombre ido para ser feliz.

De la misma forma que en "Y tu mamá también", donde vimos, a través de los planos abiertos y de secuencia, la realidad alterna (social y política) de los protagonistas, así contemplamos el contexto social y político de la época en que se narran los hechos: mientras vemos a Cleo y a su amiga Adela (Nancy García) correr por las calles de la ciudad, al fondo vemos los afiches de Luis Echeverría Álvarez y la propaganda de cal (en los cerros) del partido hegemónico de ese entonces, el PRI, como un recordatorio de que, contrario a la demagogia que pregonaba el gobierno, el país estaba lejos de las mismas promesas de siempre de paz y progreso y por el contrario, los aires de descontento e injusticia se respiraban entonces tal como ahora.

Los contrastes del filme es otra de las virtudes que podemos hallar, tan sólo la idea de que Cleo sea considerada como parte de la familia, un sentimiento verdadero por parte de los niños, se opone a los hechos cuando, a pesar de las buenas intenciones, la muchacha no deja de ser la sirvienta que prepara los licuados y no tiene voz en las decisiones importantes del hogar, porque hay un límite que se lo impide: sólo es una empleada. Lo mismo sucede con el contexto que nos presenta Cuarón; esta propaganda del progreso que describíamos líneas atrás, están montadas, de manera contrastante, con imágenes de miseria y desigualdad.

Así podríamos pasarnos un largo tiempo escudriñando los detalles de la película que, insistimos, ninguno está puesto al azar, por eso, el filme resulta efectivo y, por supuesto que tendríamos que revisarlo cuantas veces se pueda, no para entenderlo, sino para encontrarle más cosas que hagan la experiencia aún más disfrutable.

Pocas veces, desde "Los olvidados" de Luis Buñuel, y tal vez nunca con la maestría del cineasta español, el cine mexicano había retratado a los invisibles de la sociedad como lo hace ahora Alfonso Cuarón, porque no sólo habla de una clase trabajadora en desventaja, sino porque le da voz a las mujeres, las olvidadas del cine nacional, y lo hace de una manera y desde un punto de vista que pocos realizadores se atreven a contar: la mujer indígena que rompe los estereotipos de la mujer mexicana en la pantalla grande.

"Roma", entonces, nos invita a abrir nuestro baúl de recuerdos, sacarlos y ponerlos sobre la mesa y como si fuera un "touchpad", moverlos, acomodarlos, desacomodarlos, y aunque el ejercicio resulte a veces doloroso, lo cierto es que quizá la dicha sea mayor que la desdicha, porque todos tenemos algo bello que ha trascendido nuestra vida y, hablando en términos cinéfilos, todos tenemos un cine al que íbamos de niños que nos dejó marcados, al igual que una película, y cierto es que ésta, lo hará con más de uno.
 

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