"Sin muertos no hay Carnaval", filme de profundo realismo social

  • "Sin muertos no hay Carnaval", filme de profundo realismo social

    Foto: Cortesía | MNE

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Un filme de profundo realismo social sobre el poder, la ambición, la desigualdad, la pobreza, la impunidad, la corrupción y la indiferencia humana, actual reflejo de cualquier nación latinoamericana, es Sin muertos no hay Carnaval.

El desprecio del poder económico y político, sin conflictos morales y éticos, se hace presente sobre los marginados.

La coproducción México-Ecuador-Alemania del realizador ecuatoriano Sebastián Cordero se exhibirá a partir del 8 de junio en la Cineteca Nacional, para después presentarse en divisas salas y foros culturales de país. 

 

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El escenario central de la película es la periferia de la ciudad de Guayaquil, urbe donde el drama y la tragedia se desarrollan en una historia donde el tema central es el conflicto de tierras por la invasión de terrenos.

El Monte Sinaí es el espacio de conflicto entre el corrupto líder de los invasores Lisandro Terán, Emilio Baquerizo, el latifundista de la región; Don Gustavo Miranda, acaudalado hombre de negocios y Gustavo hijo, de la que nace una relación de complicidades, impunidades, traiciones, muerte y transacciones económicas.

Para ellos los que menos importan son las familias, la gente humilde y sin recursos económicos, sólo el poder y el dinero.

La historia inicia con una bala perdida disparada por cazadores en medio de un hermoso bosque tropical de impresionantes e imponentes árboles y abundante fauna animal que deja como víctima mortal a un niño extranjero que vacacionaba como turista con su padre.

El culpable es Don Gustavo, el presidente del club deportivo de la ciudad. Emilio, como vicepresidente y propietario de las tierras lo encubre a él como a su hijo para obtener el apoyo económico que le permita recuperar los terrenos invadidos para venderlos. Pero hay un testigo de los hechos.

El líder de los invasores se convierte en su abogado. Durante el litigio legal fraguan el desalojo de las familias sin importar los daños colaterales de las posibles pérdidas de vidas a cambio de una cuantiosa suma de dinero que cubra el enriquecimiento del invasor profesional, la indemnización a las familias de las posibles víctimas mortales y el pago a funcionarios corruptos.

La trama de complicidades describe a Don Gustavo como un sujeto prepotente, arrogante, clasista y déspota, cuyo único móvil de vida es el dinero y el poder, incapaz de construir una relación afectiva con su hijo, a quien desdeña por frágil, inútil y vicioso y que concluye con su parricidio.

Emilio es copia fiel de su mentor, el dinero es su único principio y Terán, un profesional de la corrupción, resulta el clásico delincuente que estafa, mata y corrompe para llegar a ser una persona acaudalada y poderosa.

Entre ese ambiente de despojo, corrupción y tragedia surge una relación amorosa estilo Romeo y Julieta, entre la hija de Terán y Celio, quien se pone a sus estafas y hace justicia por su propia mano.

En su sexto largometrajes del cineasta, después de su ópera prima Rata, ratones y rateros, Crónicas, Rabia, Pescador y Europa Report, Sebastián Crespo retrata la realidad de su país.

“Es una película que tiene un muy alto grado de tensión dramática que gira alrededor de un conflicto de tierras en la ciudad de Guayaquil, Ecuador. También tiene un alto contenido social. Es algo que me ha interesado siempre en mi cine, lograr combinar una historia que te enganche mucho, que sí sea una historia muy visceral, muy fuerte y que a la vez sea una historia que te lleve a pensar y cuestionar las cosas”.

En ese sentido “se trata de empezar a cuestionarse a cerca de los problemas que tenemos como sociedad en casi todos los países latinoamericanos: problemas de corrupción, problemas de impunidad. En este caso la mayoría de la historia gira alrededor del tema de la tierra y de la importancia que llega a tener la posesión de un terreno físico”.

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