"Crimen en el Cairo", protesta mata justicia

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    Foto: Internet

Acostumbrados a las series policiacas gringas donde la resolución del caso se da en el mismo episodio de 40 minutos y en donde, con claridad, distinguimos los buenos de los malos, un filme como como "Crimen en el Cairo", del director sueco Tarik Saleh, puede resultar "complicado" en el sentido de que en el contexto de este thriller no existen fórmulas mágicas, ni recetas al vapor o super policías que resuelvan un crimen.

Y no las hay porque de lo que se está hablando es de un Egipto en el año 2011, en los albores de una revuelta social que cambiaría el rumbo de ese país africano, nos referimos al movimiento llamado "Primavera Árabe", por lo que, regresando al plano de la ficción, no hay misterio qué resolver. Sobre todo porque en la película, de entrada, conocemos a la víctima y a los seguros criminales, por lo que es el discurso que se da por debajo de la piel del género en sí, lo que le da valía a este filme.

En una sociedad con autoridades corruptas hasta los huesos como la que nos muestra Tarik Saleh, donde el dinero puede comprar conciencias, inocencias, silencios e incluso vidas, lo de menos es aclarar un crimen "pasional" (feminicidio para decirlo con todas sus letras) ocurrido en un hotel de primera con rúbrica transnacional (Hilton), pues el deber de la policía es guardar la "honra" y el buen nombre del presunto culpable, un empresario de altos vuelos tanto en los negocios como en la política.

 

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Y como si se tratara de Rick Deckard (Harrison Ford) en "Blade runner" (1982), pero sin su carisma, el mayor Noredin Mostafa (Fares Fares), responsable del caso, se lanza cuasi en solitario a intentar hacer algo de justicia, no sin estar libre de culpa al hacerse de un dinero "extra" cuando la ocasión lo ´permite, aun así es de los pocos policías que no se conforma con dar carpetazo a un crimen que le resulta tentador resolver.

La atmósfera, casi kafkiana, juega un papel determinante a la hora de contar este relato, ya que, por un lado, nos introduce al lumpen, a las entrañas de una urbe descompuesta con pobreza, prostitución, extorsión, y por el otro lado nos explica sin decir palabra que la situación de esa sociedad no aguanta más, en donde el otro polo social, el de los clubes nocturnos y de golf, hasta el mismo hotel Hilton donde se comete el asesinato, contrastan con la marginación en que vive la mayoría de los habitantes del Cairo (al menos eso es lo que le interesa mostrar al director).

Aunado a este ambiente, la melancolía y el amor frustrado, característico del "film noir", se hacen patentes a través de una "femme fatale" que, si bien es poderosa en su presencia, esta resulta breve y evanescente, apenas con la suficiencia para que Noredim reactive fuerzas y no ceje en su cometido de llegar a las últimas consecuencias en el caso.

Pero como el sistema ya comienza a supurar sus heridas, los agentes paliativos que aún creen en que se puede aliviar el organismo sirven de muy poco porque el cáncer ya se ha extendido y la justicia es una de las cosas que muere primero.

La película se cuece a fuego lento, pero para el espectador paciente (una pareja abandonó la sala a la mitad de la función), la gratificación llega hacia el último cuarto cuando a la par de que Noredim está a punto de echarle el guante al actor intelectual del del crimen, la protesta social en las calles del Cairo y en la  plaza Tahrir van en escalada hasta llegar al estallido social.

Al final, todo pasa y nada sucede, con ironía, la protesta social que derrocaría al gobierno egipcio, entre otras cosas por  el hartazgo a la corrupción imperante, permite que la justicia, en el caso del asesinato del Hilton, también se desvanezca, dejando al Noredin tirado por los vientos de cambio y a nosotros con ese sabor agridulce de que en esta ocasión la justicia pudo haber resucitado.
 

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