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"Sin amor", los vacíos del egoísmo

  •  "Sin amor", los vacíos del egoísmo

    Foto: Internet

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Nadie puede vivir sin amor, reza el dicho popular que el filme "Sin amor" retoma para contarnos una historia sí, de desamor, pero, principalmente de vacíos y egoísmos que afectan la felicidad y la estabilidad de un tercero, quien, con justeza, piensa que si no hay afecto, no hay razón para permanecer.

Ganadora del Premio del Jurado del Festival de Cannes en 2017, el filme nos relata el drama de una pareja Zhenya (Maryana Spivak) y Boris (Aleksey Rozin) quienes están en proceso de un encarnizado divorcio con un hijo de 12 años del cual ninguno de los dos quiere tomar la responsabilidad de cuidarlo, pues cada uno de ellos ya tienen nuevas parejas y el pequeño representa un estorbo.

Con este sentimiento de orfandad, el pequeño no regresa a su casa, lo que desata una búsqueda implacable, no de las autoridades burocráticas rusas (que esas se parecen a las nuestras), sino de una asociación civil que se encarga de encontrar personas desaparecidas con un profesionalismo que ya quisiéramos tener en México.

 

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Esa pérdida y búsqueda del pequeño obliga a sus padres a pasar tiempo juntos, y uno podría pensar que para bien, para volverlos a unir en beneficio del niño, pero eso nos llevaría por el camino del melodrama, por lo que el director del filme, Andrey Zvyagintsev (Leviathan), le busca ruido al chicharrón y nos  presenta algo más incomodo, tanto en el plano de las relaciones de pareja, como en el significado de ser padres.

Donde no hay amor, puede haber odio, pero muy pocas veces, las historias nos muestran un desprecio del uno por el otro a tal grado que el hijo viene a representar el rencor mutuo que estalla en la búsqueda del pequeño, y si emprenden esta tarea es más por el deber ser, por ocultar las apariencias y calmar la conciencia de que en realidad, la pérdida del niño sea para ellos algo liberador y hasta afortunado.

Así de crudo como suena, Andrey Zvyagintsev nos desnuda una sociedad, en este caso rusa, que se debate entre la frivolidad del capitalismo y el carácter dogmático de la nostalgia comunista.

Y es eso lo que representan Zhenya y Boris, quienes, en el plano de lo afectivo se juntaron porque en un momento dado necesitaban algo que la otra persona podría darles: un escape, una engañosa estabilidad que, en el momento que las cosas no resultaron como esperaban, llevaron la relación al precipicio, llevándose al hijo entre las patas y las garras.

Ella, ensimismada por un nuevo hombre de éxito de mayor edad e inmersa en el narcisismo de las selfies, y él, clavado en la mediocridad de un empleo y una nueva esposa embarazada que lo mima y atosiga, siempre temerosa de que la historia de la separación se repita en su caso.

Y aquí también estas otras parejas entran en el juego de las apariencias y los egoísmos, pues la nueva compañera de Boris, además de lo dicho, solo piensa en sí misma y el hijo que viene, a pesar de la crisis que él está pasando; y el nuevo novio de Zhenya infla su ego de la edad madura con una mujer muy bella y más joven que lo colma de sexo salvaje.

Y todas estas flaquezas humanas son el tuétano de un huesito difícil de roer, porque la forma de la película está contada como un thriller, en donde el suspenso y la tensión, ayudada por un estupendo diseño sonoro,  nos mantienen agarrados de la butaca y con el Jesús en la boca, como decían las abuelas, en espera de que suceda algo, para bien o para mal, pero lo que queremos es que la incertidumbre termine.

En lo visual, el drama se retrata con un otoño vacío de hojas, más cercano al crudo invierno, con árboles retorcidos, paisajes semidesolados, muy fríos y con edificios viejos y ruinosos que funcionan como metáfora de este matrimonio, precisamente, en ruinas y retorcidos en su egoísmo.

La buena noticia, o la mala, como lo quieran ver es que la metódica búsqueda del niño, donde las estadísticas decían que el pequeño aparecería, pues no dieron el resultado esperado, además de que la incertidumbre se queda para llevárnosla a casa.

Como decíamos al principio, la cinta resulta incómoda, tanto nuestras experiencias con relaciones fallidas, como si se está en el rol de madre o padre de familia. La pregunta es, ¿qué haríamos nosotros?

No se pierdan esta película. Se exhibe en la Cineteca Nacional y en algunas cuantas salas comerciales.
 

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