"Tres anuncios por un crimen", el medio es el mensaje

  • "Tres anuncios por un crimen", el medio es el mensaje

    Foto: Internet

El axioma más conocido de Marshall McLuhan, "El medio es el mensaje", nos sirve como punto de arranque para hablar un poco del filme "Tres anuncios por un crimen", del director Martin McDonagh, porque dicha sentencia nos permite jugar un poco con la percepción que tenemos de la película.

Para el teórico canadiense el mensaje era determinado por el medio, el entorno en el que este se producía, y muchas veces, la forma y el cómo se emite tiene una mayor relevancia que el mensaje en sí.

En el caso de la película en cuestión, la historia se detona desde la primera secuencia en donde Mildred (una estupenda Frances McDormand) detiene su auto para observar tres estructuras de anuncios espectaculares en una vía poco transitada de un pueblecillo de Missouri. En seguida, descubrimos que ha decidido alquilar esos espacios para protestar en contra de la policía local por la ineficacia de resolver el asesinato de su hija ocurrido siete meses atrás.

El asunto se vuelve mediático a una escala local, desatando el infierno de ese pueblo chico que tiene en alta estima al jefe de policía y le parece injusto que la mujer le eche tierra a ese buen hombre, pero al mismo tiempo, existen personas que entienden el dolor de esa madre y apoyan su peculiar forma de exigir justicia.

 

También te puede interesar: El GIFF se renueva

 

Así, el medio se convierte en el mensaje, pero no de una manera abrupta, McDonagh hilvana con paciencia y rigor la estructura de su drama en el cual, al principio, el contenido de esos mensajes espectaculares son la mecha que irá consumiéndose hasta provocar el fuego purificador y aunque el texto desaparezca, los anuncios, las estructuras quedarán como testigos de que el mensaje, al menos, ha logrado un gran impacto.

Y lo ha sido porque el entorno en el que se produjo ese mensaje resulta más importante para la película que el mensaje en sí: hablamos de una población que funciona como microcosmos de un país (quizás de un mundo) que en la actualidad navega por los mares de la intolerancia, el racismo, la apatía y la violencia que si bien siempre hemos padecido, ahora con un presidente como Trump, se hace más visible la situación.

El medio es el que hace que Mildred actúe de esa manera, y ella misma se convierte en mensaje y medio de su lucha. Entre más visible sea el asunto habrá mayor probabilidad de que se resuelva, dice.

El medio es el que nos arroja personajes como el del Jefe Willoughby (Woody Harrelson), matizado de un humanismo que nos cuesta verlo de forma negativa; o como el oficial Dixon (Sam Rockwell) quien intencionalmente representa el cliché del policía corrupto, abusivo, racista y conservador. Ambos personajes juegan un papel sobresaliente (actoralmente también) en la trama, al punto que en algún momento nos habrán de sacudir la conciencia, para bien y para mal.

La sentencia de McLuhan que venimos jugueteando también implica que los medios tecnológicos, principalmente, funcionan como extensiones de los seres humanos, como prótesis, pero al mismo tiempo son amputaciones, pues si bien nos dan, también nos quitan y eso es lo que pasa en el filme de Martin McDonagh: los personajes ganan y pierden pequeñas batallas; obtienen cosas, pero también pierden otras y viceversa. Esto hace que la película se aleje de convencionalismos y se convierta en algo impredecible, en donde todos reímos y lloramos (el humor negro juega un papel determinante); nos indignamos y aprobamos; condenamos y perdonamos, todos: personajes y espectadores.

Al final, la búsqueda de justicia se amalgama a una cosa más profunda que ha logrado evolucionar dentro de los personajes. Las cenizas que han de quedar del incendio tal vez no traigan la paz y la calma anhelada, pero sí han dejado la marca de que algo ha de cambiar, y eso es ganancia.

Como bien apunta Lucero Solórzano, si cada madre mexicana que ha perdido a sus hijos exigiera justicia como Mildred, las carreteras de todo el país estarían tapizadas de  anuncios espectaculares, los cuales, a nuestro juicio, resultarían insuficientes. 

En este sentido, cabe preguntarse por qué no hacer lo mismo: buscar justicia haciendo visible la injusticia. En lugar de ver tanta propaganda vacía de candidatos idem, por qué no mejor exhibir en estos anuncios la negligencia, apatía e indolencia de las autoridades que dejan crímenes sin resolver. A final de cuentas, el medio es el mensaje.
 

Notas Relacionadas

Rusia 2018