"La forma del agua", los monstruos que salvan vidas

  • "La forma del agua", los monstruos que salvan vidas

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Resulta un tanto complicado no dejarse arrastrar por la marea que trae detrás de sí Gulliermo del Toro y su "La forma del agua", con todos los premios ganados hasta ahora, las nominaciones habidas y por haber y (no han de faltar) los oportunismos que quieran treparse al barco del éxito del cineasta tapatío que sólo a él y a su equipo le corresponden, en caso de ganar alguno de los premios Oscar más importantes, ya sea como director o como mejor película.

Así que, en esta oleada de conjeturas y exaltación patriotera por el triunfo de un connacional, no hay que perder de vista, por mucho que el agua mediática enturbie el asunto, que ante lo que estamos es simple y llanamente una película estadounidense, realizada, sí, por un mexicano, pero que responde (el filme y el cineasta) a una industria que de otra manera y en otro contexto, muy difícilmente lograría llevar a cabo.

Y no se trata de demeritar lo hecho por Del Toro, al contrario, creo que de los llamados "Tres Caballeros" (junto con Cuarón y González Iñárritu), él es el más valiente, atrevido y comprometido de los tres a la hora de contar sus historias, realizar lo imposible, cuestionar al sistema y seguir soñando, y en esta película ha quedado demostrado, por lo que también resultaría iluso no dar crédito que, gracias a su carrera en Hollywood, el director del "Laberinto del Fauno" es una voz autorizada para los mexicanos que de vez en cuando le da sus "estate-quieto" a los monstruos que nos gobiernan.

 

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Justamente es lo que hace Guillermo del Toro en "La forma del agua": acudir nuevamente a sus monstruos que, como lo ha dicho, le han salvado la vida y lo que hace en este file es tejer de nuevo un cuento de hadas con una "princesa sin voz" que termina por darle presencia a aquellos que no son escuchados, que han sido relegados a las sombras del desprecio y la indiferencia por una clase y unas personas "monstruorizadas" (permítanme el calificativo) por ideas supremacistas, tan en voga en estos tiempos, que piensan que el color de la piel, ciertos conocimientos y una posición alta en la estructura social, les otorga el derecho divino de mirar por debajo del hombro a los que no consideran semejantes.

Ubicada en plena Guerra Fría a principios de la década de los 60 del siglo pasado, en Baltimore, Estados Unidos, la película nos narra la historia de Eliza (una estupenda Sally Hawkins), una mujer muda, sola, que trabaja como empleada de limpieza en un complejo militar donde se hacen experimentos, al que, cierto día, llega una criatura extraña, un anfibio con forma humana que capturaron en Sudamérica (clara alusión a "El mosntruo de la Laguna Negra", película de 1954), al que su captor, el agente de seguridad Strickland (un soberbio Michael Shannon) se encarga de torturarlo y hacerle ver su suerte. ¿Quién es el monstruo?

A pesar de no poder hablar, Eliza se las arreglará para comunicarse con el nuevo ser y encontrar en él un espejo para reconocerse, primero a ella misma y luego al otro, pues en las diferencias se encuentra la atracción y eso es lo que sucederá con este llamado monstruo por las mentes obtusas que lo capturaron y con la estigmatizada como "rara" por esas mismas personas que creen que pueden usar y abusar de ellos a su antojo.

En resumen, es una historia de amor muy al estilo de Guillermo del Toro que nada tiene que ver con el cuento de "La Bella y la Bestia", porque como dijo el propio cineasta, no se trata de un amor que tiene que cambiar para ser aceptado; sus personajes, primero se reconocen para aceptarse tal como son, y luego se aceptan para volver a reconocerse, y ese amor original (quisiéramos llamarle puro), que no tiene nada de inocente, permitirá que la fantasía se apodere del espectador cual relato de realismo mágico.

La película es rica en capas que, como si fuera cebolla, podríamos quitar una tras otra y seguirían apareciendo más. Son varios los temas los que se tocan que, sin necesidad de profundizar (como sucedería con otras cintas), nos dejan bien claro el mensaje de lo que quieren comunicar.

Ya mencionamos las ideas racistas con el personaje Strickland, quien además es un macho violento (disculpen la redundancia) que en el mundo ideal es el claro ejemplo del "American way of life": padre de familia, con un trabajo "respetable" en el gobierno, que vive en un suburbio bien con su esposa rubia y sus dos hijos educados, "buen" cristiano, que maneja un Cádilac, etc, pero que, por el contrario, es un ser oscuro que hace el amor mecánicamente y que en el trabajo necesita de su macana eléctrica para dominar a la criatura, pero también para sentir el poder fálico.

El erotismo, ese sí puro, juega un papel importante en el filme porque la manera en la que Guillermo del Toro retrata la culminación de este romance es de una sutileza tal que en lugar de provocarnos aversión, nos genera una gran ternura sin cursilerías, por supuesto, incluso se permite en este punto, cierto grado de humor.

En su aventura y en su vida, Eliza sólo cuenta con dos amigos, uno es un publicista de edad, retirado a fuerza, además de ser gay (Richard Jenkins) y la otra es su compañera de trabajo, una afroamericana (Octavia Spencer) los cuales también padecen el estigma y la discriminación de una sociedad que parecer estar regresando a esos tiempos, a la cual, Guillermo del Toro le pone señales de advertencia con su relato.

Y cada uno de estos personajes secundarios podría tener su propia historia; Del Toro nos da una probadita nada más, suficiente como para imaginar que fue, es y sería de sus vidas.
Guillermo del Toro se vale de referencias al cine clásico como esa donde Eliza se imagina bailando con su anfibio al más puro estilo de Ginger y Fred o esa parte en la que la criatura está en la sala de cine, ensimismado, contemplando una película bíblica, lo que nos evoca la magia de este medio de expresión que aún nos sigue sorprendiendo.

Visualmente la película no tiene peros, casi todo se desarrolla en el bunker donde trabaja Eliza y en su departamento que, precisamente se encuentra arriba del cine, por lo que la recreación de época es mínima, salvo la parada de autobús y el vehículo mismo, pero, tanto la frialdad del complejo militar, como la candidez del pequeño departamento de ella, se equilibran con una paleta de colores verdes que dan una serenidad y armonía a lo que estamos viendo, por supuesto, en conjunción con un discurso ambiental a favor de la vida; pues el verde lo es, dicen por ahí.

Por eso, más allá de que si gana un Oscar o varios o ninguno (poco probable esto último), lo que podemos rescatar de "La forma del agua" es que estamos ante una película que reaviva el romanticismo en el cine de una forma peculiar alejada de clichés y cursilerías baratas, por el contrario, se trata de una historia solida, bien construida en todos sus sentidos y puesta en escena con la mirada particular de un cineasta mexicano que ha sabido aprovechar su oportunidad en la llamada meca del cine.

Y lo más importante, es que el filme le da voz a los que no la tienen, y no porque la protagonista, la "princesa sin voz" sea muda, sino porque ella y los suyos, incluido el "monstruo" se expresan desde su estrato, por qué no decirlo, bajo, al que muy pocos cineastas voltean a ver y si lo hacen es para ridiculizar o estigmatizar y no para enaltecer, lo que, al final de cuentas, es lo que hace "La forma del agua".
 

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