"Blade Runner 2049", el respeto por un clásico

  • "Blade Runner 2049", el respeto por un clásico

    Foto: Internet

¿Qué se necesita para ser más humano que un ser humano? ¿Hay que sacrificarse (entregarse) por aquello que creemos justo y necesario? ¿Se tiene que estar inconforme con el estado de cosas e indagar aquello que genera duda? o ¿simplemente hay que seguir las reglas con la obediencia perfecta de un buen hijo (lo que sea que signifique esto)?

Estas disertaciones nos llegan después de haber visto "Blade Runner 2049", secuela del filme clásico "Blade Runner" (1982), de Ridley Scott, y que en esta ocasión, de la mano de Denis Villeneuve, nos llegan como una extensión de las múltiples preguntas que surgieron en aquella cinta, parecidas, pero no iguales.

Y esto porque la línea argumental que involucra los anhelos y sentimientos de los "replicantes", androides casi humanos al servicio de las personas, son similares a la primera cinta con la distancia de treinta años hacia el futuro de un mundo distópico donde la polución ha hecho mella del planeta, obligando a los más influyentes a vivir en colonias fuera de la Tierra y condenando a los menos afortunados a pelearse por el aire que se respira.

 

También te puede interesar: El espectáculo de "La Llorona" llega al Embarcadero de Cuemanco

 

Los replicantes vuelven a ser el centro del debate, ya sea porque continúan en rebeldía oculta ante la opresión humana (no solo de dominio social, sino de hegemonía que incluso raya en lo místico) y quieren vivir libres, o bien porque, al ser entes con conciencia, se hacen las mismas preguntas que los hombres: ¿quiénes somos y hacia dónde vamos? Y si los humanos, al ser imagen y semejanza de los dioses, anhelamos esa poderosa divinidad, los replicantes aspiran a la poderosa humanidad de sus creadores, incluso a una meta humanidad, como si estuvieran recitando a Nietzsche.

Realidad versus sueños, con énfasis en los recuerdos como vehículo de la memoria que genera identidad, "Blade Runner 2049" puede cocinarse a parte si la quisiéramos parangonar con su predecesora, que si bien ambas hablan de cosas similares, insistimos, lo abordan desde otros ángulos que la distancia les ha brindado.

El filme de Scott es más "noir" y claro que extrañamos en esta aquella atmósfera que oprimía a cada instante con una oscuridad perpetua de lluvia ácida, una ligera iluminación que apenas lograba colarse entre las persianas o que alumbraban en colores neón los anuncios comerciales, callejones angostos y edificios altos, cuyo impresionismo parecía aplastarnos.

En la cinta de Villeneuve, respiramos un poco más o nos sofocamos un poco menos, aunque el aire se siente de menor calidad, pues la densidad de este se piensa más por el humo contaminante que por la bruma natural. Aquí tenemos más ratos de claridad, misma que se percibe en los protagonistas que se muestran más dispuestos a los sentimientos humanos, quizás sin saber sin son los correctos.

El carácter cosmopolita de la ciudad de Los Ángeles, donde se desarrollan ambas historias, es algo que ya no vemos en la película de Villeneuve que lo sustituye por un escenario contemporáneo de realidad virtual, donde con solo un holograma que sirve de compañía, podemos acceder a cualquier personalidad con la que necesitemos tener una relación.

Los replicantes también son algo que ha cambiado, y, de nuevo, extrañamos al magnífico Roy Batty (Rutger Hauer), quien en su locura lógica nos regaló los momentos más alucinantes y poéticos de aquella película, sobre todo esa parte adánica y faústica al enfrentar  y reclamarle a su creador, a su padre, vida eterna.

En esta película, los replicantes son menos emotivos, pero no por ello cejan en sus ideales: sea liberarse, sea encontrarse a sí mismos, además de que continúan en la misma sintonía de estar unidos y apoyarse unos a otros, un rasgo humano que al parecer tienen más desarrollado ellos que las propias personas nacidas de vientre materno. Por ello, una parte del filme (no se los podemos contar) se enfoca en este aspecto vital como uno de los puntos nodales de la historia.

Sobra decir que en cuanto a producción, "Blade Runner 2049" no tiene desperdicio, como no lo tuvo el filme de 1982. Cada uno, en su tiempo y contexto utiliza los recursos narrativos y visuales que mejor les funcionaron, así que no podemos hablar de que si las nuevas tecnologías permiten mejores efectos especiales, etc. No, no se trata de eso, porque en la película de Villeneuve, existe un respecto a lo que tuvo que ser la evolución tecnológica del mundo planteado por Ridley Scott. En otras palabras, ambos filmes se ven hermosos en la decadencia que presentan. 

Qué decir de la música. Si disfrutamos del virtuosismo de Vangelis con los sintetizadores a la hora de montarnos en un futuro próximo y un solo de sax a la hora de la intimidad del detective Rick Deckard (Harrison Ford), también disfrutamos, con menos alucine, la banda sonora a cargo de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch.

En síntesis, estamos ante una secuela que responde ante el peso de su predecesora, la cual, al ser ya un objeto de culto, resulta complicado pensar que la pueda superar, creemos que no, pero ello no significa que la estemos ninguneando, recordemos que la adoración (masiva) a "Blade Runner" (1982) llegó tiempo después de su estreno, pero, ciertamente, "Blade Runner 2049"  busca brillar con luz propia; el tiempo lo dirá. Por lo pronto, solo nos queda ver ambas películas, una y otra vez.

Notas Relacionadas