“Los ocho más odiados”, Tarantino a la octava potencia

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Habrá algunos a quienes les guste el cine de Quentin Tarantino, y a quienes no, pero lo cierto es que nadie que lo vea puede quedar indiferente ante su propuesta, tanto estética como narrativa, y aunque a veces sea muy él y haga películas pensando en sí mismo, otras veces las hace considerando al prójimo, como es el caso de “Los ocho más odiados”, su filme reciente.

Instalado nuevamente en el género Western, Tarantino nos trae una película delirante, rica en diálogos e inflexiones actorales que hacen que cada uno de los ocho más odiados, en verdad tengan su momento de bastarda gloria, incluyendo al mexicano Demián Bichir.

Aunado a esto, la filmación está hecha en ultrapanavisión (70 milímetros), a manera de homenaje nostálgico a este formato socorrido en las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado en las  producciones épicas, pero sobre todo, la película de Tarantino le hace los honores a lo mejor del “Spaghetti western” –ahí la música de el gran Ennio Morricone- y al cine de Sam Peckinpah y sus personajes bizarros.

 

 

 

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Y para re-matar las referencias, “Los ocho más odiados”, nos recuerda a “El ángel exterminador” (México, 1966), del maestro Luis Buñuel, al encerrar a todos los personajes en un espacio reducido y no dejarlos salir hasta que, literalmente, se hagan pedazos por no poder lograr una “sana convivencia”, lo que hace que este lugar se convierta en un microcosmos de la sociedad norteamericana, y hace de esta película, uno de los trabajos más intimistas de Quentin Tarantino.

Curiosamente (en estos tiempos de Donal Trump y de inconformidades por discriminación en las nominaciones al Oscar), la propuesta de Tarantino toca el tema del racismo con una clara postura a favor de los derechos de la raza negra, y pone como héroe, o mejor dicho, antihéroe al personaje que interpreta Samuel L. Jackson, un ex militar que peleó en contra de los sureños en la Guerra Civil estadounidense.

Pero lo que más se disfruta de “Los ocho más odiados” es el guión inteligente, pleno de retruécanos, haciendo una experiencia disfrutable en cada uno de los parlamentos con argumentaciones hasta filosóficas, pero también satíricas, y toda esa verborrea entre conservadores, liberales, esclavistas, abolicionistas, criminales y justicieros hacen un puchero muy sabroso.

Por supuesto, al ser Tarantino, todo ese banquete no podía estar completo sin el vasto aderezo de violencia, y como en la mayoría de sus películas, esta violencia es extrema y alcanza los límites del absurdo que, curiosamente, funciona como una crítica a esta América Salvaje que, a pesar del tiempo, no ha sido superada.

“Los ocho más odiados” es una película de Western, pero también es una película de suspenso, hasta policiaca, y Tarantino, nos agarra del cogote, nos sacude y nos obliga a pensar o adivinar quién es el asesino (aunque lo sean todos), quién perderá la cordura (aunque todos lo hagan) y quién habrá de salir bien librado, a sabiendas que lo más probable sea que nadie saldrá limpio del encuentro.

¿Quieren más? Aunque no sea lo mejor de su trayectoria, la banda sonora de Ennio Morricone, como ya habíamos dicho, completa este ejercicio fílmico, y nos muestra que el músico italiano es un vaquero más con el sombrero bien puesto en este género.

La película se anuncia como el octavo Filme de Quentin Tarantino, más bien sería, la película de Tarantino elevada a la octava potencia.

 

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