"Lady Bird", la sencillez de la realidad

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Pocas veces podemos ver en la pantalla grande una comedia con tintes de drama y viceversa de una manera tan verosímil y profundamente cercana  a lo que es una relación madre-hija (y viceversa, también) como lo muestra la cinta "Lady Bird", de la directora Greta Gerwig.

La historia lineal y sencilla -que no por ello tediosa y de poca valía, sino todo lo contrario- nos presenta a Christine McPherson, una joven oriunda de Sacramento California, que cursa el último año de bachillerato en una escuela católica (no por convicción, sino por necesidad) a quien las hormonas la están llevando a la madurez, no sin antes pasar por los senderos espinosos del despertar sexual, las decepciones amorosas, la búsqueda de la autodeterminación y, lo más importante, la difícil relación que tiene con su madre, lo que, a final de cuentas, será un punto nodal en la toma de decisiones de esta chica.

Y no porque dicha relación sea tormentosa e imposible; o que el deseo sexual se convierta en algo traumatizante o que se meta en líos de drogas o que desafíe a la autoridad; no. 

 

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Precisamente, la normalidad de esta etapa en la vida de Christine o "Lady Bird", como prefiere que la llamen, es lo que hace que su historia sea cercana al espectador, principalmente si es del género femenino, pues, quién no ha tenido una madre preocupona, que lucha por el bienestar de sus hijos a pesar de las dificultades económicas y que se entrometa, opine y a veces decida por sus hijos. Pues esa es la madre que vemos en pantalla y la hija que presenciamos es la que no se deja y que a contracorriente lucha más contra su madre que con cualquier otro obstáculo, a sabiendas del mucho amor que se profesan las dos.

Por ejemplo, el mayor problema al que se enfrentan ambas es la elección de universidad; mientra la madre quiere que Christine se quede en alguna escuela local, la joven prefiere alcanzar sus sueños lo más lejos posible del "yugo" materno.

Se trata entonces de pequeños dramas cotidianos que a lo más que llegan es a que madre e hija no se dirijan la palabra por algunos días, pero el mismo amor que las conecta, hace que todo se solucione.

Dirá usted amable lectora. lector, qué "hueva" de película, pero no, la verdad es que en su honestidad, la directora nos entrega un filme sin más pretensiones que acercarnos una anécdota que para ella es significativa, podría especularse que hasta puede ser autoreferencial, pero esto es lo de menos cuando en la forma de narrarnos la historia lo hace también con la simplicidad de una charla de café.

Otro acierto de la cinta es que no intenta manipular los sentimientos del público; se aparta de los clichés de tópicos adolescentes; no hay motivos para encabronarnos de más, o indignarnos o reír como enanos con comentarios ácidos o irónicos, ni nada por el estilo. Tan sólo es una cinta con la que nos identificamos y recordamos nuestra etapa de crecimiento, algo así como "Mi pequeña sunshine", "Juno: Crecer, correr y tropezar " o la mexicana "Los insólitos peces gato".

Aunque la película está nominada a cinco premios de la Academia estadounidense, esa carencia de pretensiones más allá de lo que exige la historia, no serán suficientes para que se lleve alguna estatuilla, y la verdad, no creo que le haga falta. La mayor satisfacción que debe tener Greta Gerwig, su directora, es que, como espectadores, salimos de la sala con una sonrisa de optimismo.

 

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