Desfile del Día de Muertos honra a las víctimas del 19S

  • Desfile del Día de Muertos honra a las víctimas del 19S

    Foto: Luis Enrique Flores Aguilar

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Pocas veces la gente toma las calles como este sábado 28 de octubre donde miles de  personas , muchas de ellas disfrazadas de catrinas, catrines y calacas, sumados a  los cientos de devotos a San Judas Tadeo, se dieron cita en la capital del país desde el bosque de Chapultepec hasta la Plaza de la Constitución, pasando por las inmediaciones del metro Hidalgo donde se ubica el templo de San Hipólito para celebrar, unos, el desfile de ofrendas por la conmemoración del Día de Muertos y, otros, para honrar al santo "de las causas difíciles" que este día estuvo de fiesta.

Desde temprana hora, la romería en San Hipólito era tal que resultaba complicado el andar hacia la Alameda Central; vendimia de comida e imágenes del santito de la túnica verde y blanca se exhibían en plena avenida, en el cruce de Paseo de la Reforma y Calzada México Tacuba.

De vez en cuando el cielo retumbaba por los cohetones lanzados por los fieles como si quisieran comunicarse con la divinidad. Mientras, en la Alameda, se dejaban ver niñas y niños maquillados de calaveritas, quienes, acompañados por sus padres, se apostaban en las vallas de la avenida Juárez para tener un buen lugar a la hora en que pasara el cortejo fúnebre del desfile.

 

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Con un estimado de más de un millón de asistentes, iniciaron los festejos del Día de Muertos organizados por el Gobierno de la Ciudad de México con el cortejo de casi una veintena de carros alegóricos que empezaron el recorrido en la Estela de Luz por Paseo de la Reforma, a eso de las cuatro de la tarde con dirección al Zócalo Capitalino.

Dedicado a las víctimas mortales del pasado terremoto del 19 de septiembre, el desfile tuvo en la vanguardia a un grupo de rescatistas que participaron en las labores de salvamento junto con los reconocidos y admirados binomios caninos que a cada paso que daban eran ovacionados por la gente que gritaba palabras de agradecimiento por sus servicios prestados.

El desfile se dividió en dos partes: la primera titulada "La muerte viva", en donde el público pudo participar en un recorrido por la historia del país, desde la época prehispánica hasta la contemporaneidad, pasando por la Colonia, y la Revolución Mexicana; y la segunda, nombrada "Carnaval de calaveras", donde la imaginación dio rienda suelta al colorido y al baile mostrando disfraces y coreografías aclamadas por la gente.

El México prehispánico estuvo representado por los dioses del panteón mexica como Tlaloc, Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, así como guerreros y danzantes que rememoraban la muerte florida y la concepción de que al morir renacemos.

La época colonial se vio representada por monjes, beatas y ángeles que mostraron la parte católica del México conquistado, donde el bien y el mal, representados por dos judas enormes de cartónería, un diablo y un arcángel,  entablan una lucha eterna por las ánimas de los fieles.

Catrinas afrancesadas que representan la etapa porfirista de finales del siglo XIX e inicios del XX, dieron paso a uno de los homenajes a una de las personalidades de la cultura popular fallecida este año: el caricaturista "Ríus", en cuyo carro alegórico viajaban algunos de los personajes principales de sus historietas, entre ellos Calzonzin de los "Supermachos".

Las "Adelitas" y los "Juanes" revolucionarios con sus rifles y cananas hicieron su aparición a ritmo de corrido, flanqueados por un tren, lo que nos recordaba los millones de muertos en esa guerra.

Un pequeño grupo de obreros calavera conmemoraba las luchas sindicales que siguieron a la Revolución Mexicana y que hoy en día, han querido ser erradicadas de la realidad laboral y del imaginario colectivo.

La muerte es un carnaval

La segunda parte del desfile se convirtió en la catarsis de la tarde-noche cuando una banda colegial al más puro estilo gringo irrumpió el espacio con las notas de la canción que hiciera famosa la cantante Celia Cruz: "La vida es un carnaval".

A partir de este punto, los disfraces llenos de originalidad y la música diversa en géneros bailables hicieron las delicias de chicos y grandes. Las "Calaveras rumberas de papel picado", las de pan y chocolate o los "cabezones carnavaleros", contagiaban al público que no dudaba en mover el esqueleto al ritmo de la música.

"Hasta que la muerte los separe", fue uno de los segmentos más aclamados por los asistentes, en donde parejas de novios-calaveras ataviados de trajes de novios se juraban amor eterno, se abrazaban y se besaban para deleite de todos.

La Familia Burrón de calavera también ya es parte tradicional de estos festejos mortuorios y aquí no podían faltar encaramados en sus carro alegórico que representaba la vecindad del ya célebre Callejón del Cuajo. Macuca, Foforito, Don Regino, Doña Borola y el "Cuaco-pollo", hicieron reír a los pequeños y recordar tiempos idos a los más grandecitos.

Unas catrinas con vestidos decorados con auténticas flores de cempasúchil fueron la admiración de muchos y la envidia de los más afamados diseñadores de modas, quienes, no dudamos, en su próxima colección otoño-invierno se fusilarán la idea para uno que otro vestido.

El final del recorrido fue engalanado con una trajinera gigante del más allá que nos traía de regreso, ni más no menos, que a grandes de la cultura popular mexicana como Juan Gabriel, Diego Rivera, Frida Kahlo, Cantinflas y el Santo, quienes saludaban al público como cuando estaban vivos.

El desfile se aproximaba a la plancha del Zócalo, su destino final, donde la fiesta habría de seguir por un rato más. Los ríos de gente se estorbaban en su camino a este lugar desde avenida Juárez y Eje Central haciendo el paso lento e imposible; había que buscar calles alternas para evitar el tumulto que en no pocas ocasiones desesperaba a la gente.

La noche se acercaba y las personas disfrazadas y las que no seguían con el ánimo festivo hasta los huesos con la intención de no soltar las calles que por lo regular pertenecen a los autotransportes. A lo lejos seguían escuchándose los cohetones que celebraban a San Judas Tadeo. El más preocupado, quizás, era el odiado horario de verano que en pocos minutos llegaría a su fin, al menos por seis meses. 

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