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La Llorona se lamenta por víctimas del 19S

  • La Llorona se lamenta por víctimas del 19S

    Foto: Javier Briseño | MNE

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¡Aaaaaay, mis hiiiiijooooooos! Es el lamento profundo que enchina la piel y que se escucha a lo largo de los canales de Xochimilco, bajo una luna plena que a ratos se oculta entre las nubes y que refleja su brillo triste al paso de la LLorona sobre las aguas, que se duele por sus hijos muertos, los mexicanos que perdieron la vida en los terremotos del 7 y 19 de septiembre pasados.

"La Llorona del embarcadero Cuemanco" en Xochimilco es un viaje a los orígenes de este relato que comienza cuando decenas de trajineras zarpan del embarcadero de Cuemanco hacia la isla de Tlilac por un camino de antorchas sobre los canales que, de vista, no mostraron afectación por los sismos.

Como si se dirigieran al inframundo, al Mictlan, los remeros, cual Caronte, sudaban al hundir su remo para mover la barca a pesar del frío que ya se dejaba sentir como preámbulo a la noche.

 

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Ellos eran los más emocionados porque este espectáculo significa la reactivación del turismo en la zona, pues dos semanas antes no tuvieron visitantes que pasear, quizás porque la gente tenía miedo de que las aguas se movieran como en aquel 19S.

Por fin, las trajineras se detuvieron frente a la pirámide construida ex profeso sobre la isla que recuerda ese México prehispánico y sus ciudades lacustres como Tenochtitlan y el mismo Xochimilco donde, según las crónicas, el lamento de la Llorona, la Cihuacóatl, tiene origen en los años previos a la llegada de los españoles a estas tierras.

Su llanto se escuchaba por la desgracia que se avecinaba para sus hijos los mexicanos.

Las nubes daban tregua al espectáculo, pero el frío no, y conforme avanzaba la noche, arreciaba y la luna majestuosa, de nuevo, completaba la iluminación artificial que se vertía sobre los casi 60 actores en escena.

Ellos con sus vestuarios, unos de guerreros indígenas y otros de españoles, le daban vida a la obra.

No sin antes realizar una ceremonia cívica en honor a las víctimas del terremoto con un minuto de silencio sepulcral que, en este lugar, hasta los grillos y ranas respetaron.

Y como en toda tragedia aflora lo mejor y lo peor del ser humano, en contraste con el sentimiento solidario que permeaba en los asistentes, la indignación llegó cuando tomó la palabra el delegado de Xochimilco, Avelino Méndez. Sí, aquel que corrieron a patadas de San Gregorio Atlapulco por su inoperancia ante la desgracia de los habitantes de ese pueblo, al que acusaban también de sólo irse a tomar la foto en lugar de prestar ayuda a las víctimas.

Pasado el bochorno demagógico, el espectáculo continuó. Se liberaron mariposas en memoria de nuestros muertos ya que para las culturas mesoamericanas,  estos Insectos lepidópteros son seres silenciosos capaces de volar hasta el cielo y entregar un mensaje de amor a los que se han ido; representan el alma de los difuntos, por eso están ligadas a la celebración del Día de Muertos.

Las luces se apagaron y solo un hilo de la luna se reflejaba en el agua. La voz de la narradora dio inició con el montaje multidisciplinario de teatro, danza, tecnología y música de inspiración prehispánica, para después guardar silencio y que la gente escuchara un estruendo, como un trueno, seguido de ese lamento ya conocido: !Aaaaaaaaaaay, mis hiiijoooooooos!

Con sus penachos multicolores, los xochimilcas danzaban al sol y a la luna al ritmo cardiaco del huehuetl y el teponaztle. En lo alto de la pirámide, aparecía la bella princesa de Xochimilco, quien había tomado el trono de su padre preso por Hernán Cortés y sus huestes allá en Tenochtitlán.

Los rumores de que los invasores llegarían al pueblo lacustre se hizo realidad y entonces el pueblo interpretó el llanto de la Cihuacóatl, la que luego llamarían Llorona, como el presagio funesto de lo que habría de pasar con su raza.

El relato mostraba lo duro que fue el choque de ambas culturas, como dos placas subterráneas que provocan una gran catástrofe. La princesa xochimilca sufría el oprobio español y el fruto de esa profanación carnal habría de sellar el destino de esa madre que lloraría por la eternidad por sus hijos muertos.

El lamento en la oscuridad y la aparición espectral de la Llorona sobre una barca que daba vuelta a la laguna y sus llanto continuo con el fondo del son tradicional homónimo cantado en náhuatl, indicaban que la función había terminado.

Las trajineras iniciaron su camino de retorno al embarcadero en la noche eterna. El frío ya calaba y los mosquitos se habían ido a dormir.

En repetidas ocasiones se dijo que Xochimilco está de pie, más que nunca es necesario que no se pierdan sus tradiciones.
 

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