Joyeros el oro en tiempos violentos en la Ciudad de México

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    Foto: Internet

En diciembre del año pasado, un hombre moreno y delgado arrancó una cadena de oro a un joven de no más de 25 años. Aprovechó que el chico estaba distraído en su celular mientras esperaba el metrobús en la estación La Patera, de la línea 3, con dirección a la terminal Tenayuca.

El jalón fue violento, a la cabeza, y dejó profundos arañazos en el cuello del joven que sólo atinó a mentarle la madre al agresor y a subirse en el siguiente metrobús sin notificar nada al policía de la estación.

El robo quedó impune y el asaltante huyó a la unidad habitacional Patera Vallejo, en la alcaldía Gustavo A. Madero, en el norte de la Ciudad de México.

 

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“Por eso ya nadie quiere traer nada ostentoso”, suelta a rajatabla el maestro Miguel, un joyero con más de 40 años en el oficio.

Y es que la inseguridad y los robos han afectado a los maestros joyeros del Centro Histórico, aquellos artesanos que en otro tiempo eran los “dueños y señores del Centro y sus cantinas”. Hoy en día han visto reducir su número de clientes, de talleres y de empleados.

Don Miguel trabaja en un taller de creación, compostura y hechura en la calle Madero, arteria principal del barrio de alhajas y compra de oro en el Centro Histórico capitalino.

El maestro joyero tiene 53 años y las yemas de los dedos tupidas de pequeñas cortadas cicatrizadas. Su voz tiene un tono firme, de fastidio.

“Con la inseguridad y la alta probabilidad de que te roben, ¿para qué quieres oro? Mucha gente ya prefiere plata o chapa. En los ochenta, antes del temblor, no había tanto temor en la gente de que la robaran; en ese entonces una persona sí traía sus cadenones, sus esclavas. También había ratas, no creas que no, pero no tan toscas como las de hoy”, recalca Miguel.

Esa “rata tosca” a la que refiere el maestro, es la delincuencia de todo tipo que ha contribuido a incrementar los datos recientes sobre la incidencia delictiva.

Según la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México (PGJCDMX), los robos a transeúnte en vía pública con y sin violencia crecieron de 755 casos en enero del año pasado a mil 282 carpetas en enero de 2019, lo que representa un aumento del 70 por ciento.

Las denuncias de robos en el metrobús pasaron de 39 a 99 casos, un incremento de más del 150 por ciento.

“Ha sido horrible. De 100 clientes que teníamos nos quedaron 20, pero 20 clientes poderosos, pudientes. Personas con guaruras que pueden lucir su oro. Nadie más”, afirma don Miguel.

Dentro del mundo del oro y la joyería capitalina, lejos de los guaruras y los apellidos de abolengo, la delincuencia es vista ya con normalidad y resignación.

Para el maestro Jorge (no es su verdadero nombre), un artesano alhajero entrenado hace 64 años por franceses cuyo linaje ostentaba a los joyeros reales del emperador austrohúngaro Francisco José, la calle Madero, por las noches, puede ser una cueva de ladrones.

“La inseguridad nos ha golpeado. En toda la calle de Madero, en toda la periferia de la ciudad, hay pequeños negocios que compran y venden oro. Inclusive aquí abajo compran oro.

“¿Qué es lo que pasa? El oro que ellos venden normalmente es robado: pedazos de cadena, aretes, una pulsera. Le pagan al ratero 30 pesos menos de lo que vale, o 40 ó 50. Si es un ratero medio güey, le dan… nada.

“Ves un changarrito y fácil compran 500 mil pesos de oro al día. Aquí abajo, en la noche, haz de cuenta que es la cueva de Ali Babá. Puro cabrón, pero de a de veras.

“Tú los ves y dices, este güey no viene a vender su oro, ¿no? Acá las ratas pasan, te arrebatan o, si no te arrebatan, te arrinconan en un zaguán. Aquí mismo, en Madero”, explica el maestro Jorge con voz ronca.

Para Claudia (no es su verdadero nombre), una agente del Ministerio Público adscrita a una Unidad de Investigación de la PGJCDMX, en la alcaldía de Cuauhtémoc, el crimen organizado es el principal generador de inseguridad y violencia en la ciudad.

Con el ceño fruncido, la funcionaria recuerda que a mediados de octubre 2018 el cuerpo de un hombre de 30 años fue encontrado cubierto de basura en la calle de Jesús Carranza, en Tepito, a sólo cinco kilómetros del barrio joyero.

En la alcaldía Cuauhtémoc, la colonia Centro es la que concentró en enero pasado el mayor número de investigaciones, con un total de 679 carpetas abiertas, y es el segundo lugar con más casos de homicidio.

El Centro también quedó como la colonia número uno en robo a transeúnte con 47 denuncias y tercer lugar en robo a negocio. Números que han dejado a enero 2019, como el más violento en la historia de la Ciudad de México.

La agente del Ministerio Público señala el daño que las mismas autoridades le han hecho a la población en general; a los clientes de los maestros joyeros del centro, a las víctimas de homicidio, todo debido a la corrupción enquistada en el aparato judicial.

“La gente va al Ministerio Público y los policías dicen vente para acá y te dicen ‘mira no denuncies, esto y el otro’. Invitan a que no denuncien y hay gente que se deja engañar. ¿Qué pasa con esto?

“Pues que no son los números reales los que están pasando, sino otros. Imagínate, como fiscal, eso a mí me conviene, porque la fiscalía a la que yo estoy a cargo, está dando resultados”, detalla Claudia mientras le da un sorbo a su café.

En medio de la crisis de seguridad ciudadana que actualmente vive la capital del país, los maestros joyeros sobreviven de clientes poderosos, personas que pueden colgarse “hasta el molcajete”, diría el maestro Jorge, quien en 64 años de joyero ha resistido la pérdida de dos talleres, 21 empleados, propiedades y clientes víctimas de la delincuencia.

No hay fórmulas para resistir según el maestro Jorge. Es disciplina, necesidad: “¿Los boxeadores de qué procedencia son?”, pregunta uno de los maestros alhajeros más respetados en México, sentado detrás de su enorme escritorio de madera.

“Entras de joyero porque como boxeador quieres cubrir cuestiones primarias, ayudarle a tu gente. Es un oficio en el que tienes que estar sentado 12 horas diarias. Para nadie es muy gratificante.

“El oficio se aprende porque hay necesidad. Pero cuando le agarras el gusto y es tu trabajo bien apreciado, puedes ganar mucho más que un doctor. Mucho más”, dijo.

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